La decisión de la Xunta de Galicia de recurrir la anulación de los artículos del decreto que impide alquilar por habitaciones las viviendas turísticas es coherente con el esfuerzo de la propia Xunta para modernizar un subsector que se iba de las manos, en ocasiones por el pozo sin fin del negocio en negro. En efecto, a finales de octubre el Tribunal Supremo daba un portazo en las narices a Nava Castro, directora de Turismo de Galicia -y por ende al presidente Feijoo-, y seguro que sus razones jurídicas tendría.
Más oscuro es el papel que desarrolla en esta trama la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, empeñada en el todo vale, y si tiene seis habitaciones su vivienda, meta a seis parejas distintas, con sus respectivos niños si los hubiera, con un par de cuartos de baño, rote la clientela cada dos por tres y en un par de meses ya tenemos el insano campamento de refugiados de Calais (Francia) en el corazón de Galicia. A la tal comisión alguien tendría que decirle que aquí ya existen las pensiones y los hostales y los hoteles y las casas de turismo rural para alquilar por habitaciones.
Hace bien la Xunta en recurrir. Pero si gana el triunfo no será suyo. Será el de Galicia, que tiene un sector turístico ante el que se le plantean dos y solo dos opciones: caminar por el exigente sendero de la calidad o agarrarse al pasado, como sería el caso de las viviendas turísticas por habitaciones. Y ese triunfo beneficiaría de rebote sobre todo a Santiago, porque se juega una parte de la imagen que quiere vender de cara al 2021.
La decisión de la Xunta, en fin, debería provocar un suspiro de alivio en el alcalde Bugallo, a quien le ha tocado una envenenada herencia.