Los bosques frondosos mandan

Desde el Xacobeo del 2010, multitud de viviendas condenadas a quedar abandonadas en el tramo de Arzúa a Santiago han recuperado vida en forma de negocios orientados al peregrino


SANTIAGO / LA VOZ

Ni punto de comparación con el año santo 2010: el tramo de Arzúa a Santiago ha mejorado de una manera clara, rotunda e innegable. Ese decenio todavía escaso ha dado más frondosidad a unos bosques que no han sido castigados por los incendios. Pero -y esto es lo más importante- han sido rehabilitadas docenas de edificios tradicionales, de esos donde la humilde mampostería gana al noble sillar. Viviendas abandonadas o casi, así como palleiras, disfrutan de una nueva vida, muchas de ellas ligadas a negocios y todas, beneficiándose del dinamismo de la economía gracias al Camino de Santiago y a las subvenciones de la Consellería de Infraestruturas. La etapa solo empeoró en una cosa: la ruta va ganando ancho cada año, y los coches pasan por allí como por cualquier pista o carretera. Y no hay ningún peregrino que aplauda tal abandono, porque no colocar algún tipo de barrera es simplemente eso: abandono.

En efecto, entre Arzúa y Santiago manda el bosque. Unos bosques frondosos, impresionantes, modelo para otros tramos de los Caminos de Santiago que han elegido el asfalto como si fuera una alternativa complementaria.

Manda también la limpieza, porque el tramo final de la principal ruta jacobea está literalmente impecable, a lo cual ayuda el Concello de O Pino instalando unas papeleras a las que solo se puede hacer una crítica: son azules, color desafortunado en el entorno. Pero, con una excepción -lo cual no deja de ser curioso-, en todas ellas la basura depositada había sido recogida unas horas antes.

Y mandan, claro, los peregrinos: riadas auténticas, hasta el extremo de que empiezan a ser numerosos los que prefieren salir tarde para tener al grueso del pelotón cuatro o cinco kilómetros por delante. La abundancia de pensiones y albergues privados ayuda a ello, puesto que admiten reserva previa.

Apto para todos los públicos

Dificultad, ninguna: una respetable cuesta al salir de Arzúa, en Preguntoño, corta y de fuerte pendiente. Y el ascenso a Lavacolla. Y nada más. Por supuesto, no hay cien metros llanos, esto es Arzúa y O Pino, outeiro tras outeiro, pero territorio apto para todos los públicos. Mucha oferta hostelera (algunos dicen que demasiada) y extranjeros por todas partes.

El paisaje es típicamente rural, con explotaciones ganaderas aquí y allá, vacas que deberían de estar cansadas de tanta fotografía, mugidos que por lo general son los únicos sonidos que va a oír el peregrino junto con los trinos de los pájaros y, de vez en cuando, el motor de un coche que se mete por donde debería estar prohibido. De hecho, ley en la mano lo está, pero no se ve nada material que lo impida. Urge colocar algo tan sencillo como una piedra de respetable tamaño.

La salida de Arzúa, a 38 kilómetros del Obradoiro, resulta agradable, en descenso por un enlosado que rápidamente da paso a suelo terrero. La estética natural, solo modificada por algún cierre mejorable y alguna vivienda impecable, se pierde por completo cuando el bosque se abre y el peregrino se encuentra ante la autovía, que va a cruzar por un puente como los de todas las autovías: ni el menor encanto, algo imperdonable puesto que hacer allí un sendero y levantarle una mínima pared vegetal hubiera sido de un coste ínfimo (y paga Europa, por cierto). Por pura intuición se sigue de frente y no se aparta a la derecha, pero una señal, una flecha amarilla, no vendría mal.

En O Pino, además de papeleras, destacan algunos paneles con el mapa del Camino. Innecesarios, desde luego, pero complementarios, y raro es quien no para ante ellos. Como raro es el que no se detiene ante un espacio indescriptible, ya cerca de Arca y donde suena ininterrumpidamente música clásica: anuncia un albergue. Pedrouzo, capital de O Pino, es un jolgorio constante en estos días. A la salida se encuentra el único punto donde no existe señalización (además del cruce, antes, de la incompleta autovía de Santiago a Lugo): al dejar atrás centros escolares y sociales, el Camino gira a la izquierda e inmediatamente se bifurca. Un grupo de alemanes duda, da marcha atrás, se acerca y pregunta al cronista mientras se contagian de la enfermedad actual de los caminantes: miran alarmados el GPS en sus móviles. Hay, cierto, dos pequeñas flechas amarillas pintadas en sendos árboles, pero tan diluidas por el tiempo que no impactan a primera vista.

Como un plus, los siguientes kilómetros hasta Amenal son tranquilos, sin pendiente, entre bosques. Desde Amenal hasta Lavacolla el Camino perdió por lo menos la mitad de su encanto por el proyecto del parque industrial.

Feo final de una preciosa etapa

Y desde arriba ese encanto empieza a disminuir constantemente. La bajada a partir del aeropuerto hace olvidar poco a poco los excelentes tramos anteriores, aunque la entrada y la salida a y de San Paio resulta grata, con voluntarios sellando y abriendo el templo (precioso albergue de inconfundible tono inglés frente a él). Pero desde que se cruza la carretera a la altura del palco de música de Lavacolla todo el mundo aprieta el paso y, si pudiera, cerraría los ojos: asfalto y más asfalto, invasión de la carretera, cierto peligro… El Monte do Gozo no muestra tampoco su mejor cara, aunque haya que perdonar que aquello sea una romería: siempre lo fue. Procede confiar en que la mejora proyectada de la entrada a Compostela se convierta en una realidad cuanto antes. La ciudad no se merece tener ese tramo así. Un feo punto final para una etapa preciosa.

Una «palleira» emblemática y el ejemplo de la Guardia Civil

Entre tanto albergue nuevo resalta una casa de turismo rural con solera. Tanta que en su día fue una «palleira» (hoy se llama Casa da Curiscada, un par de kilómetros más allá de Arzúa; el Camino la bordea dejándola a la izquierda) en la que la familia de Pilar Castro, la dueña actual, permitía dormir a los escasísimos peregrinos que entonces pasaban. Toda aquella finca es hoy una referencia de la ganadería vacuna ecológica gallega. Y aunque no tenga nada que ver una cosa con otra, sería imperdonable no dejar mención a la labor constante de la Guardia Civil de Arzúa. Es de justicia repetir lo que la Voz publicó en el año santo 2010: que se merece un sobresaliente porque está todos los días en el Camino pendiente de que el tránsito de peregrinos constituya una experiencia grata para cada uno de ellos. Otro ejemplo a imitar.

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