Confieso que David Perdomo siempre me hace reír. Y que me partí la caja, como diría él, cuando el otro día leí la entrevista que mi compañera Sandra Faginas le hizo para La Voz. Esa en la que el cómico coruñita afirmaba sobre Compostela que es, en realidad, una ciudad sin identidad propia porque nadie es realmente de aquí. «No hay gente de Santiago. Es peña de Coruña que se llamaba Jorge, se fue para allí y se puso Xurxo», soltó con sorna. Y, claro, es comprensible que aquello me hiciera pensar sobre mí mismo y sobre las identidades. En mi DNI sigue poniendo Jorge pese a que así ya solo me llaman mis padres y el presidente de la mesa electoral cuando voy a votar. No lo he cambiado pese a que hace muchísimos años que mi adorada tía Amparo, de A Coruña, por cierto, me cambió aquel Jorge por un Xurxo galleguizando mi nombre en una tarta de cumpleaños. Me gustó y tardó poco en imponerse. Así que yo, al revés de lo que sostiene Perdomo, me hice Xurxo en Coruña -así, sin artículo, como buen coruñita- y acabé después pululando por Santiago. Así que soy un gallego nacido en Madrid, bautizado como Jorge, rebautizado en A Coruña como Xurxo y casado en Santiago. Y, aunque adoro todos estos lugares tan importantes en mi vida, ser, yo soy arousano. Esas aguas plateadas del mar más bello del mundo me atraparon nada más posar mis ojos en ellas desde el alto del Pousadoiro o desde la carretera que entra en Vilagarcía desde Catoira y despliega sobrecogedor el estuario del río Ulla. La identidad se construye no en el nacimiento ni en la muerte, sino en esos años mágicos en los que todo es posible y en los que tu vida alumbra ya para siempre.