La encomienda es de tal magnitud, que incluso los Magos que hoy han traído ilusión a todas nuestras familias -os deseo de corazón, queridos lectores, que así haya sido- tendrán que emplearse a fondo para convertirla en realidad. Pero no por ello me resisto a incluirla en el número uno de las esperanzas de esta Compostela nuestra para el año que estamos estrenando. No es más ni es menos que un propósito ilusionante de ciudad, patrimonio de nadie y sí voluntad de todos quienes de un modo u otro nos sentimos parte de ella. Lo tuvimos y, casi sin darnos cuenta, se nos ha escapado entre los dedos, no hemos sido capaces de retenerlo y alimentarlo para seguir avanzando, fortaleciéndolo con cada realización. No hablo de un proyecto partidario. Con las urnas a un paso, durante los próximos meses oiremos cantos de sirena y muchas propuestas. Unas nos sonarán apolilladas, otras vendrán disfrazadas de renovación. Todos pretenderán convencernos de su sinceridad pero cada uno será incapaz si no suma, si prescinde de los demás. Por distintos motivos, a los que estuvieron al mando se les negó el éxito al final. Tal vez, precisamente, porque la tarea no es de parte, sino de todos, trabajando codo con codo por una Compostela que tendrá un mal futuro si no hace más que nutrirse de su pasado y de lo que le vino dado. Vemos como, desde hace más de una década, la ciudad se administra con reflejos lejanos en el tiempo y un día a día conformista y vulgar. Hacen falta bríos, generosidad y manos tendidas para desatar ilusión y un orgullo de Compostela que aquí, en la capital de todos los gallegos, también es posible.