Gana el asfalto


La televisión ya no pasa películas del oeste. En realidad, la televisión ya no pasa casi nada. Pero esa es otra historia truculenta que hoy no toca. Los críos de los sesenta y setenta aprendimos de los viejos westerns la trascendencia de valores imperecederos como la amistad y la lealtad. Y mucho más. Descubrimos que los indios no siempre son los malos, que nunca hay que fiarse de vendedores de crecepelo que dan duros a cuatro pesetas y que el progreso siempre llega en tren.

Tal vez por eso llevamos veinte años esperando ilusionados por el AVE, mientras coleccionamos un plazo incumplido tras otro y pasamos por alto el desmantelamiento de servicios que acelera el despoblamiento de amplias zonas del interior. Y por esa idea que asocia el ferrocarril al progreso resulta tan difícil de entender que Santiago se resigne a que la alta velocidad pase de largo por Lavacolla. La ciudad tendrá su intermodal con pasarela peatonal acristalada y una nueva estación de autobuses en una ubicación mucho más racional que la actual. Sí, pero a Lavacolla habrá que seguir viajando por carretera.

Mientras en las ciudades europeas de referencia, incluida Oporto, el enlace ferroviario al aeropuerto es una pieza clave del engranaje urbano, aquí mandan los equilibrios localistas mal entendidos o los intereses de sectores a los que una lanzadera entre Santiago y la terminal podría mermar el negocio. Es como celebrar la llegada de la luz mientras el primer equipamiento de la ciudad sigue a oscuras. Porque la infraestructura más importante de Santiago es la que no tendrá.

En el western galaico no hay quien pueda con el asfalto.

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