La noria


A veces la vida parece detenerse por un instante. Es en realidad un espejismo, una impresión fugaz, porque todo sigue en movimiento, aunque sea imperceptible. Había parado mi coche en el semáforo, pero mis hijos se dieron cuenta enseguida: ya estaba la noria en la Alameda, dando vueltas, como cada mes de mayo por la Ascensión, fiesta local. Esa atracción de feria dibuja en el horizonte la metáfora perfecta de nuestras propias vidas. El carácter cíclico y cambiante, cómo un día se está arriba y otro abajo, y cómo hay un movimiento constante que jamás se para, aunque algunos griten y se estremezcan y quieran detenerlo. En cada una de esas cabinas que dan vueltas con ironía y cinismo se resume parte de nuestra existencia: el miedo y el riesgo, la expectativa y la frustración, tal vez el aburrimiento y la indiferencia, pero también el vértigo. Cuando se sube demasiado alto, siempre hay que bajar. Y no todos lo llevan de igual modo. En la noria hay un inicio y un final. En la noria hay niños y abuelos, padres y madres, parejas que empiezan y parejas que acaban. La noria es también el título de la fabulosa novela con la que Luis Romero ganó el Premio Nadal en 1951: el retrato de un solo día de posguerra en Barcelona, con personajes dispares, cuyas vidas giran y dan vueltas. Me acordé de este libro el otro día, cuando subí con mis hijos a la noria. Uno estaba feliz arriba, sin miedo, y el otro parecía mucho más cómodo abajo, lejos de la altura. Y así, una y otra vez. Al final, la atracción se detuvo. Nosotros bajamos y nos paramos por un instante. Pero cuando alzamos la vista, la noria ya estaba dando vueltas.

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