El Derby


A veces entramos en el Derby como si fuera la Catedral. Empujamos la puerta y miramos sus altos techos, sus lámparas de otro tiempo, sus zócalos y ese majestuoso mostrador de mármol italiano. Algunos le profesamos un respeto reverencial y, en lugar de un establecimiento de hostelería, donde aún se sirven cafés, vemos una reliquia milagrosamente viva. Tal vez sea todo un espejismo, una ensoñación, y el Derby ya no exista y sea en realidad un lugar embalsamado, inmune al paso del tiempo, con figurantes que fingen servir cafés y tarta a la hora de la merienda. Un lugar más propio de la ficción, donde podrían sonar los violinistas de la cubierta del Titanic, o donde Jay Gatsby podría subirse a la barra, lanzar el sombrero por los aires y arengar a los presentes para que siguiese la fiesta. El Derby abrió sus puertas en 1929, el año en el que la economía mundial saltó por los aires. Y el otro día, casi un siglo después, pude entrar para resguardarme de la lluvia. Miré hacia todos los lados menos al camarero y, de repente, imaginé que alguien decía: «¡Corten, por favor, corten!». Hasta me pareció ver cómo el señor de al lado se desprendía de una larga barba postiza de color blanco, igual que la de Valle Inclán, y que otro deshacía parsimoniosamente el nudo de su pajarita, igual que la de García Lorca. Fue una visión repentina, fugaz y absurda, pero en el Derby, ese viejo café, ya no se distingue la realidad de la ficción. El tiempo ha enloquecido y avanza y retrocede, indistintamente. En la mesa de al lado, en realidad, estaban Rafael Dieste y Luis Seoane, con sus Iphone y tomando un Aquarius de naranja.

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