Cuando pasear está prohibido


Que la realidad supere a la ficción es tan habitual como el pan de cada día, pero esto no impide que cuando historias que chirrían por todas partes saltan a la luz no desaparezca la capacidad para la sorpresa. La última realidad cargada de esperpento que acaba de llegar a Santiago es la que prohíbe utilizar algo tan sano como las piernas o la bici para la cardiosaludable tarea de recorrer la corta distancia que hay entre Milladoiro y Santiago.

Es más que probable que la administración competente para instalar estas restrictivas señales utilice el argumento de la seguridad vial. Lástima que el artífice de tan preventiva decisión no sea consciente de que si algo tiene el entorno de Compostela son tramos tan inseguros como el de Milladoiro a Santiago y que este año fueron utilizados por más de 300.000 peregrinos que tuvieron que entrar en esta ciudad santa por unas cuantas cunetas y accesos de vías de alta capacidad.

Mientras la recomendación de incluir el hábito de caminar cada día es la panacea para mejorar la salud, extraña que las personas que se aplican la receta, y de paso dejan libre la carretera a los vagos y a los amantes de la circulación rodada, se hayan convertido en peregrinos delincuentes, porque en vez de una compostela lo que se van a llevar a su casa es una reprimenda o incluso una multa.

El surrealismo de esta historia es que si estos osados caminantes de Milladoiro en vez de usar las piernas para ir a trabajar o para comprar el pan y regresar portasen una concha de vieira, unas botas o sandalias de senderismo, serían la panacea de Galicia.

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