Perdidos


Hemos dado la espalda al rural. Definitivamente. El campo, la aldea, son hoy para muchos clichés bucólicos de un tiempo que ya se fue. Paisajes tan hermosos como, a menudo, inhóspitos. Tan evocadores como olvidados. Puede que nos inspire para recitar a Rosalía o a Whitman junto a la chimenea. Pero sin recrearnos, que acaba el fin de semana y hay que retornar a la urbe. Porque queremos el pueblo del que venimos, pero visto desde la ciudad. Nos arremolinamos en las áreas urbanas mientras las aldeas van cerrando por defunción. Y hasta adoptamos con fingida naturalidad conceptos urbanitas que nuestros padres jamás utilizarán. Porque a ver a qué viene esa estupidez de llamar orgánicos a lo que son unos tomates de la huerta de toda la vida que nos venden, eso sí, a un precio que cuadruplica su valor real.

La política de incentivar la vuelta al campo está bien. Pero hay que darle una vuelta. O dos. Queda mucho trabajo por hacer para dotarlo de servicios. Para que bien entrado el siglo XXI no se cuelen noticias de aldeas a tiro de piedra de Santiago cuyos vecinos tienen problemas, no ya para disponer de una conexión decente de ADSL, sino para captar la señal de televisión y seguir el Telediario. O para avanzar en la oferta de un transporte público que, admitámoslo, nunca podrá llegar a esos núcleos en los que quedan cinco o seis viviendas habitadas.

Por supuesto, esta desertización del campo explica en parte dramas como el de los incendios forestales en áreas antes limpias por la actividad agropecuaria que ahora rebosan de vegetación. Hemos abandonado el rural, pero no deberíamos perder el norte.

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