Hostelería

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

03 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Que el sector de hostelería y restauración haya decidido dejar atrás las liortas a que nos tenía acostumbrados en años pasados constituye una excelente noticia para la ciudad. Ya en los últimos tiempos, con Antonio Rivero al frente de uno de los dos subsectores, había comenzado una época de racionalidad o al menos de irse acostumbrando a lavar los trapos sucios en casa y no a la vista de toda la ciudadanía.

Para empezar, desde la semana pasada hay una sola entidad sin resabios asambleístas y con una sola voz que agrupa a hosteleros y restauradores, turnándose en la presidencia y con representación equitativa de ambas partes. Ahí es donde deben limarse los desacuerdos que puedan surgir.

Para seguir, las primeras declaraciones son sensatas. La tendencia con más visión de futuro se ha impuesto, al menos por ahora, a la que piensa que todo es despachar y cobrar. Y se habló de que el objetivo no era seguir sumando turistas hasta que estalle la Almendra o hasta que surja la turismofobia, sino lanzarse a por el turista de calidad.

Y eso implica cuatro cosas: cuidar y mejorar el patrimonio local es obviamente la primera. La segunda, ampliar los límites psicológicos de la propia ciudad: ¿Cómo es posible que la mayoría de los turistas no conozcan el comercio del Ensanche? En tercer lugar, dar prioridad en todas las acciones a aquellos productos turísticos que llevan esa calidad en su ADN en detrimento del turismo barato y perralleiro (que no es el del peregrino, en contra de lo que cree mucha gente). Y por último -y esto lo saben muy bien los hosteleros pero prefirieron el eufemismo a la verdad desnuda- subir los precios. Porque la rentabilidad tiene que subir. Y los salarios, también.