San Francisco luce nuevos bolardos desde ayer. No es una medida estética, ni de humanización del entorno. Es una medida de seguridad. Para evitar que el fanatismo que campa en algunos descerebrados siembre el terror en Compostela. Bolardos delante de la insigne Facultade de Medicina, en la que se formaron clínicos y científicos de los que los terroristas podrían aprender, ya no ciencia ni buena praxis, sino un mínimo de humanidad.
La seguridad de las ciudades turísticas está a debate y Santiago lo es. Turística y tranquila. Apacible y acogedora. Es lamentable tener que poner bolardos como en la Edad Media se levantaban murallas y se excavaban fosos.
Santiago, que fue ciudad medieval, que aún guarda algún vestigio de sus murallas, se ve obligada a levantarlas de nuevo, aunque por su diminuto tamaño sean simbólicas. De nada sirve poner puertas al campo. Quien es capaz de salir con un cuchillo porque no ha hecho daño suficiente con su vehículo puede entrar corriendo por el Obradoiro con un puñal, provocar una explosión con una bombona de butano o provocar una avalancha humana con un simple grito. Criticar si los bolardos hubiesen evitado o no una tragedia es absurdo, como lo es poner ahora el grito en el cielo porque San Francisco amanezca algo más protegida.
Las únicas murallas que pueden protegernos son las de la educación, las de los valores sociales, las de la justicia y las de la tolerancia. Allá los que se burlan del buenismo y anhelan las cruzadas. Pero que no se engañen y sobre todo que no nos engañen. Aquellas sí eran sociedades violentas y terroristas que no queremos en nuestra ciudad.