La avalancha turística que está viviendo estos días Galicia entera y Santiago muy en particular -¡Menudas colas ante la catedral!- permite sacar pecho a quienes desde las administraciones rigen el sector. Pero no deberían olvidar que también es este un buen momento para reflexionar sobre qué futuro nos espera. Y no, no es inoportuno porque, como bien decía el economista John M. Keynes, las reformas procede hacerlas cuando las cosas van bien y, por lo tanto, existe margen y colchón que amortigüe los coyunturales efectos negativos que comporten los cambios.
Y así, sobre la mesa hay varios desafíos que conviene no ignorar.
Primero: tasa turística sí, tasa turística no, y por qué y -sobre todo- para qué. Segundo: moratoria hotelera (Santiago la tiene parcialmente en vigor y la llegada de visitantes no se ha resentido para nada); tres cuartos de lo mismo. Tercero: producto; ¿vamos a seguir vendiendo solo la catedral, y fuera de la comarca Sanxenxo y los Caminos de Santiago? Cuarto: precios; ¿alguien tiene una explicación lógica para el hecho de que un apartamento con mucho encanto, para cuatro personas y por supuesto completo en su dotación cueste hoy mismo 70 euros en un lugar paradisíaco de la Costa da Morte mientras en Compostela hay auténticos «atracos» protagonizados por quienes todavía alquilan en negro?
Porque en el fondo de lo que se trata es de definir qué tipo de turismo queremos en Santiago, en la comarca y en Galicia. A más de uno se le llena la boca hablando de turismo de calidad. No resulta baladí recordar que el problema en absoluto radica en imaginar las alas, sino en moverlas. Por cierto, una muy afortunada frase del pensador y periodista sevillano Blanco White.