Resulta desolador certificar el papanatismo con el que actúa el gobierno de Santiago. Es muy pronto para constatar el daño que le ha hecho la alcaldesa Ada Colau a la economía de Barcelona al paralizar la concesión de decenas de licencias hoteleras, pero al menos entiendo el fondo de su intención, que es regular un parque temático callejero que se está escapando de las manos (8,3 millones de visitantes al año). También sigo con atención y cierta perplejidad lo que ocurre en Venecia (22 millones de visitas), donde la Unesco y los propios vecinos se han unido para poner coto al turismo masivo que está diluyendo esa delicia urbana que se hunde en todos los sentidos.
Aquí en Santiago, con unas cifras que crecen sostenidas pero que son microscópicas al lado de estos dos iconos del Mediterráneo, también decidieron suspender los permisos de hoteles en el casco histórico, como si cualquier enero de estos se fuera a colapsar la Rúa do Vilar. Con todo, veo cómo sonríen los hoteleros y los restauradores ya establecidos, a los que les va de cine, mientras compruebo cómo languidecen los patios de butacas que Concello, Xunta y excajas de ahorro abrieron por Compostela sin preocuparse de insuflarles contenidos. Me dan lástima las fundaciones Torrente y Granell, por lo que son y podrían ser. Siento pena por las galerías de arte que han cerrado, igual que por las dos salas multicines que había en el centro. Por no hablar de la trágica programación del Salón Teatro, el Auditorio o el Principal, en franca decadencia. Y aún así persisten en destinar la Sala Yago a titiritadas. ¿Hacen falta más moribundos que intubar?