Una quincena de investigadores de varias nacionalidades se reunieron la semana pasada en el Centro Superior de Investigaciones Científicas Padre Sarmiento para hacer una puesta al día sobre las peregrinaciones. No las actuales, sino las históricas. Dejando a un lado el nombre del encuentro -debe de ser el congreso más pequeño del mundo, aunque un cartel interno lo rebajaba a la categoría de décimo Coloquio Internacional Compostela- e ignorando cómo se divulgó en la Facultade de Historia, se repitió lo que había sucedido cuando, para hablar del Camino de Santiago en Europa, se reunieron en el Hostal unos cuantos europarlamentarios de media docena de países de la UE: la soledad fue el denominador común.
En otras palabras, la reunión de europarlamentarios no interesó nada más que a una pequeña y activa empresaria y al firmante, además de a los organizadores. El congreso del CSIC interesó (al menos en la sesión de la que es posible dar fe) a una mujer y al firmante. O sea, cuspidiños. Y la pregunta es la misma: ¿dónde se han metido los estudiantes? ¿O los doctorandos? ¿Y los divulgadores? ¿Los que presumen de estudiosos? ¿Las asociaciones?
Las dos fotos, la de la UE y la de la semana pasada, dan una idea clara de a qué estamos. Imbuirse de conocimiento para saber más, ser más competitivos y salir de esta crisis y de las que vendrán no parece prioritario ni está en la agenda. Por lo menos en Santiago.
Quizás los organizadores hayan sentido la punzada del desánimo. O quizás se hayan consolado pensando que vale más estar solos que mal acompañados. Pero hay que felicitarlos y animarles a que el año próximo organicen la decimoprimera edición. Le llamen congreso, coloquio o lo que les dé la realísima gana.