Es una de las peores pesadillas a las que puede enfrentarse un adulto: la mudanza. Meter una vida entera en cajas, pensar cómo es posible haber acumulado tantas cosas en tan poco tiempo, sufrir ante la visión de un mueble rayado en el traslado, un espejo roto... O que se pierda algo. Lo es más si viene acompañada del detonante perfecto de los terrores nocturnos: la búsqueda de piso. Si el piso está en un estado entre bueno y aceptable, la zona no es la más adecuada. Si el apartamento es un regalo caído del cielo, con suelos de madera, techos altos, una cocina moderna, azulejos de este siglo en el cuarto de baño, calefacción y una distribución adecuada, resulta que está en los confines de Santiago y si uno se apura un poco, linda con la comarca de Bergantiños. Y si la situación y el estado general del inmueble en cuestión es aceptable, resulta que tiene muebles cuando uno no los necesita o que carece de ellos cuando sí hacen falta. Lo peor es encontrar un piso maravilloso, que se adapta a tus características, bien situado y con una distribución que se rige por la proporción áurea, pero que cuesta cuatro veces más de lo que te puedes permitir. La búsqueda de una casa exige más de uno mismo que la búsqueda de un compañero o compañera para la vida. Una montaña rusa de altas expectativas sobre el papel y un penoso peregrinar por casas que para nada son lo que te imaginabas. Decepción tras decepción, una frustración tras otra, uno empieza a perder la fe en el género humano que es capaz de pedir lo que pide por una caja de zapatos. Hasta que un día llega. Has encontrado el piso. Te has mudado. Y llega la otra pesadilla: instalarse.