os actos de graduación, que estos días se suceden en las facultades, siempre tienen un sabor agridulce. Por una parte, representan el final de la etapa académica, el adiós a los libros, a las horas sin levantar los codos de la mesa y, aunque el futuro en la mayor parte de las ocasiones sea incierto, también se afronta con la ilusión de abrir una nueva etapa. Por otra parte, la nostalgia y las experiencias vividas se arremolinan en la memoria. Esos compañeros de viaje durante cuatro o cinco años, seguramente, no lo serán a partir de ahora: es el momento del adiós. Apuntes compartidos, noches que enlazaron con el día o miles de confidencias, quedarán atrás. El camino se bifurca tanto que coincidir será muy complicado, aunque cuando uno dice adiós a la facultad siempre aguarda que no será para tanto: reuniones periódicas, cenas por fechas señaladas, llamadas frecuentes o mensajes por las redes sociales se presentan como las mejores aliadas para mantener el vínculo que tanto te une durante la etapa universitaria. Para aquellos que nos despedimos de la Universidade cuando aún el Facebook no había entrado en nuestras vidas y el whatsapp estaba lejos todavía de dominarnos, las llamadas y mensajes de móvil -cuando había que pagar por ellos- fueron las alternativas. Pero cuando los lustros se acumulan obre la fecha del adiós, cada vez vamos perdiendo más pistas de compañeros. Y después, cuando menos te lo esperas, de vacaciones, en el médico, de compras en un centro comercial..., te reencuentras con el compañero de la mesa de al lado, con el que te pasaba los apuntes y no habías vuelto a ver... Y esos momentos de reencuentro, no tienen precio. La etapa universitaria nunca se olvida.