Bando. Silvouta. ¿Le suenan estos nombres? ¿Podrían localizarlos con cierta precisión en el mapa de Compostela? Son lugares razonablemente bonitos, como todo el entorno periurbano del municipio, y sin demasiados vecinos. De ahí que se hayan convertido en una especie de desván de la ciudad, donde ocurren cosas que de vez en cuando hay que abordar. Los problemas vienen de lejos y huelen doblemente mal. Porque llevan tiempo pudriéndose y porque, precisamente, tratan sobre esas cosas que no queremos ver delante.
En Bando está el Refuxio de Animais, al que van los perros y gatos que nadie quiere. Da la sensación de que el Concello ha actuado en este caso como un perfecto doctor matarife: primero cortan la pierna y después preguntan dónde está la gangrena. Solo hay dos maneras de entender las ansias del gobierno por cargarse a la trabajadora responsable y buscar una nueva fórmula mágica: o tienen un plan b genial o cheira a laminación por afinidades políticas. En el rostro de los perros, los que sobrevivan, tendremos la respuesta dentro de unos meses.
El otro cuarto oscuro de la ciudad está en Silvouta, Roxos. Es nuestra depuradora-estercolero, desbordada desde hace años y a la que llegan todas nuestras miserias. Véalo de una manera gráfica y probablemente exagerada: una de cada tres veces que tira de la cadena sus deposiciones, toallitas, mocos o lo que sea, van directamente al Sar. No es así, pero entienden la guarrada, ¿verdad? Pues no mueven un papel para arreglarlo, ni higiénico ni de los otros.
Silvouta y Bando. Bando y Silvouta. Quédense con esos nombres y tapen la nariz.