«Hay que leer mucho antes de pintar»

Roberto Fernández Alonso, pintor desde siempre y empleado de banca jubilado, proyecta desde su retiro de Sada exponer en Santiago una representación pictórica que, según dice, no se ha hecho hasta ahora: la llegada a Compostela de los restos del Apóstol


Roberto Fernández Alonso (Navia de Suarna, 1941) empezó a pintar postales navideñas cuando era niño -«Yo no sé... tendría tres años», dice- y no ha soltado el pincel hasta ahora, cuando pasa sus años de jubilación en su casa de Fiunchedo, en Sada. Dedicado durante casi toda su vida laboral a la banca, dejó para el retiro la tarea de pintar tres grandes obras: la traslación de los restos del Apóstol a Compostela, el Santo Milagro de O Cebreiro y la adoración de los ángeles en el portal de Belén. Concluidos los lienzos, aspira a poder exponerlos ahora en Santiago, junto con otras obras de paisajes y rincones naturales, en su mayoría de Os Ancares, la tierra donde se crio.

La mayor de las obras, el Campus stellae, es un tríptico que cuelga de las paredes de un dormitorio de camas gemelas y en el que Fernández Alonso invirtió un año de trabajo, que además de bocetos y pintura, requirió una importante labor de documentación. «Hay que leer mucho antes de pintar», pone por delante este artista, quien tuvo que sacar mucho de su cosecha para representar una escena datada en torno a los años 60 de nuestra era y de la que, según asegura, no existe nada hecho hasta ahora.

El cuadro, que el pintor guarda con celo de cualquier cámara hasta el momento que pueda exponerlo, representa el momento en el que la estrella muestra el punto de la necrópolis mientras se aproxima a él la procesión que traslada el cuerpo de Santiago. La obra requirió un detenido estudio sobre el terreno y la elaboración de minuciosos detalles, como la confección con pincel, en lugar de aguja e hilo, de los ropajes de los personajes del cuadro. «Soy hijo de modista», apunta.

Fue por esa modista que se propuso pintar el cuadro del Santo Milagro del Cebreiro. «Yo era monaguillo, tenía 11 o 12 años, y el cura me llevó ese año allí y mi madre vino conmigo. Ella, que se pasó la vida trabajando de la mañana a la noche, estaba tan feliz, tan feliz... Después les dije a mis padres: yo he de pintarlo», recuerda este artista de formación autodidacta.

Para hablar de la adoración de los ángeles, Fernández Alonso rebusca en un cajón hasta encontrar una pequeña hoja azul impresa por delante y destinada a tomar recados en el banco donde trabajaba. En el reverso, a lápiz, se esbozan los querubines que después trasladó a los pies del cuadro. «Hay quien me ha criticado: ¿Cómo un pintor se puede dedicar a la banca? Pero hay que comer», dice. En toda esa corte angelical surgida en una entidad financiera, hay también dos seres celestiales de raza negra. «Es por un amigo negro que es de Mozambique», añade.

Fernández Alonso, que ha expuesto dentro y fuera de España, la primera vez en Lugo, con 28 años, apenas se ha atrevido a soñar con ser solo pintor. «El año que murió Franco, en el 75, querían que fuera a Bellas Artes, pero yo necesitaba trabajar, comer», recuerda el pintor, que salió de su Navia natal para trasladarse a Madrid y después a Barcelona. «Yo he pintado toda mi vida, pero la labor de tiralevitas... -comenta meneando la cabeza-. Y vendedor no soy».

Fernández Alonso, que lleva 15 años retirado en Sada, reconoce también que ha salido «muy escocido» de las exposiciones y nunca se ha sentido a gusto en los círculos artísticos. «No me gustan los círculos artísticos. Me gusta la verdad, y la verdad no es eso», asegura el artista.

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