«Semellaba unha verbena»

La concentración humana por los registros domiciliarios dejó un clima de tensión y un beneficio económico para los hosteleros cercanos


santiago / la voz

¿Qué mosca les habrá picado a los hados para colocar a Santiago durante estos dos últimos meses, casi sin apearse, en los telediarios? Es la pregunta que se hacen los compostelanos, que han monopolizado sus tertulias con el crimen de Asunta. Si uno acude a un bar de la Rúa do Franco y junta todos los argumentos disparados por la clientela, tendrá un sumario popular. Por suerte, el juez Taín está elaborando otro más fiable.

En el epicentro urbano de la tragedia perviven bolsas de tensión acumulada como el gas tras los registros domiciliarios de las viviendas de Rosario y Alfonso. Los más viejos del lugar no recuerdan allí un barullo igual. «Aquí xuntáronse centos de persoas. Un auténtico espectáculo. Semellaba unha verbena», dice un tendero de la calle Doutor Teixeiro, donde reside Charo. «Nas verbenas ninguén se tapa a cara cos bolsos. Os que a tapaban, ¿para que viñeron?», le responde una señora.

Los hosteleros no desaprovecharon la oportunidad de hacer caja. Y con creces. «Ao negocio todo isto deulle vidilla, aínda que prefería que fose por outro motivo, como a lotería», comenta Manuel, el dueño del bar Bolívar, en la calle República Arxentina. «Na terraza pelexábanse polas sillas», agrega. El acontecimiento cuadró en un día maravilloso. Manuel conoce a toda la gente de enfrente, en donde está el domicilio de Alfonso Basterra. «Na pequena era fácil fixarse cando chegaba ao portal polos seus trazos asiáticos», dice de Asunta.

Frente a la casa de Alfonso un comensal entra en el restaurante O Tamboril, antaño el Bufón de Oro, donde este cronista comió con Marcelo Fraga un poco antes de que se lo tragasen las llamas en su consulado de Montpellier. Un pordiosero contempla al redactor en su ensueño. Delante exhibe un cartel medio alzado que reza «Es más bonito pedir que robar». Y mucho más bonito que pincharle a uno las tripas. Cuestión de estéticas.

El bar Cantina, frente a la casa de Charo Porto, también vivió un lleno monumental con el espectáculo del registro domiciliario. «Moita, moitísima xente», relata un camarero, antes de que una camarera con galones replique: «En este local no se hacen declaraciones a la prensa». De tanto ver la tele, el personal termina diciendo esas quijotadas. Adiós, Lady Gagá.

¿Y en Montero Ríos, sede del despacho de la abogada Charo? «Aquí apenas hubo ambiente, casi todo fue en las calles de ahí arriba», refiere la rubia quiosquera de la rúe. Mala suerte que Charo cerrase su despacho hace dos años y no recientemente.

Gritos

En el aire aún fluctúan los gritos de «asesinos, asesinos» que lanzó la concurrencia: «Eran uns cantos exaltados», dice el hostelero Manuel. «Algúns máis», replican en el entorno. El veredicto vocinglero no perdona. Pero es muy voluble. Un par de días antes, durante el funeral, las imprecaciones cayeron como chuzos sobre los fotógrafos. Algunos de los anatematizadores, que uno conoce, son gente que aguarda con avidez pelos y señales de los sucesos hasta el morbo. Pues a aclararse.

El cielo cubre grisáceo la Alameda. Tres parejas de madrileños mayores se fotografían ante la escultura de las Marías. «Que los propios padres maten a su hija por dinero es muy fuerte», dice la señora, dando por hecha la autoría del crimen. Su marido comenta que en el Cruceiro, en donde se alojan, el asesinato de la niña se apoderó de las chácharas. ¿Y dónde está ese hotel? «Por la zona de Padrón, a unos cuarenta kilómetros». Le sobran tantos kilómetros como kilos al amable interlocutor.

En el quiosco del parque, Sonia confiesa, mientras atiende a dos británicas, que el suceso multiplicó las ventas: «Las desgracias venden. Lamento que los periódicos no aborden de igual forma los graves problemas y desgracias de la vida diaria». No me diga eso. «Sí, se lo digo». ¿Sabe que la sospechosa del crimen tiene lupus? «No, no lo sabía. Yo lo tengo y es algo que hay que llevar con paciencia. Merma la calidad de vida, pero ya hace que no tengo brotes».

Una de la puertas que Asunta, sus padres y abuelos traspasaban felices es la del restaurante China Ming, regentado por una pareja chino-galaica. «Eran clientes muy habituales, supereducados y sonrientes», dice Laura, la dueña. ¿Asunta? «Era muy buena. Y sus abuelos también». Cuando murió la abuela siguieron yendo los cuatro, pero el pato a la naranja se quedó casi huérfano cuando falleció su marido. «No sé cómo se puede hacer una cosa así. Es terrible», expresa abatida Laura.

«Que los propios padres maten a su hija es muy fuerte», dice una señora madrileña

La familia de Asunta acudía unida y feliz al restaurante

China Ming

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