La Ofrenda y los actos políticos concentraron la atención festiva durante la mañana
26 jul 2012 . Actualizado a las 14:10 h.Como en los cosos taurinos, el maestro se hace esperar. El público aguardó pacientemente, con la unidad militar formada en el centro la plaza do Obradoiro y la plana mayor política y militar junto a los soportales, la llegada del oferente regio en la ofrenda al Apóstol. Hacia las 10.10 se apeó del vehículo Alberto Núñez Feijoo, y una interrogante suena por encima de los badajos de la Catedral: «¿Pero quién ez eze zeñor?». Si el presidente gallego apuesta un día por residir en la Moncloa tiene que darse unas cuantas vueltas por Andalucía.
Tres minutos después arribó Ángel Currás, el protagonista de la ceremonia. Y como tal actuó, sin tachas ni traspiés, como si fuese la segunda vez que representa al Rey, enhiesto ante la tropa que le rindió honores. Al fondo, las autoridades cesaron momentáneamente en su improvisada tertulia para seguir los pasos del oferente. La siembra de Conde Roa fructificó en cuatro ediles vestidos con el traje tradicional gallego: Cecilia Sierra, Francisco Noya, María Pardo y Luis García Bello. Todos populares.
Meritorio es lo de la concejala de Facenda, encinta, que se metió falda, refajo, enaguas, falda, pañuelo y alguna prenda más bajo un sol tempranero que ya apuntaba maneras. Sufrió un desvanecimiento que le obligó a abandonar la fila de espera. Fuera de las vallas, se escuchan más idiomas foráneos que hogareños, con distintos acentos europeos. También peninsulares. Unos catalanes se enredan comentando la parada militar, apoyados en los cierres. «Valió la pena levantarse tras lo de ayer», comenta uno de los «rescatados». Desde la ventana de la Catedral una monja aplaude.
El Códice
Feijoo y Ana Pastor, en el centro de la hilera y cerrando luego la comitiva hacia la basílica, aprovecharon la cita del Apóstol para darle un repaso al AVE gallego y quizás avanzar en algún compromiso, antes de que el elevado volumen del órgano de la Catedral ahogara su entrevista, quizás cuando abordaban los plazos. El anterior organista de la basílica lamenta que las solemnidades que ofrece el instrumento ya no son las de antes, pero lo cierto es que sus notas inundaron el templo. En la basílica apenas cabía una aguja y los vigilantes se las veían y deseaban para hacer huecos. Había asistentes que, en vez de atender a los oficiantes, parloteaban sobre el Códice. «Por cierto, nos han dicho que tengamos las manos en los bolsillos, porque aquí hay carteristas», recordó un señor. Uno, instintivamente, clavó sus manos en esos sitios.
Fuera de la basílica también había vida, y muchas banderas blanquiazules desfilando hacia la Alameda. Allí el BNG arrancó con su marcha habitual, y detrás le siguió otra, pero con consignas y enseñas muy diferentes. En las atestadas terrazas de A Porta Faxeira la gente se hizo con un mirador privilegiado para un espectáculo que ya se ha convertido en tradicional.
De Lavapiés
En el seno de la manifestación, un hombre con una insignia del BNG atiende con un acendrado acento castellano un tenderete con pins, insignias y objetos varios. «Soy de Lavapiés?, dice. ¿Y qué hace un tío de Lavapiés en este paraje? «Soy del Ateneo Republicano de Lavapiés y vendo esto para sacar algo con lo que cubrir el viaje».
Manuel Méndez, un nacionalista de Ordes, no faltó a la cita del 25 de julio ataviado con una camiseta gallega. «Son unha persoa moi reivindicativa e sempre que podo veño», dice. Señala que «as ideoloxías non deben separar á xente. O primero de todo é a convivencia humana».
Con la división del nacionalismo, hay quien vive inmerso en un mar de vacilaciones. Un profesor compostelano tuvo dudas hasta el último momento de concurrir a la Alameda o a Mazarelos, en donde se hallaba Xosé Manuel Beiras.
Hay visitantes, más que gente de estos lares, que viaja por los distintos escenarios políticos solo para ojear el ambiente. Desde las terrazas aledañas muchos vieron a los beiristas lanzarse por primera vez a la calle en Mazarelos, y desde los museos y el parque de San Domingos, otros aprovecharon para seguir a los oradores de Compromiso por Galicia. Encarna Otero, subida a una caja de Cola-Cola negra, no perdía detalle.