Conde Roa, un gestor de deudas y trifulcas

Se va sin aprobar las cuentas de Raxoi y con un reguero de polémicas


santiago / la voz

«Este alcalde va a dar juego». Eso se decía en los corrillos periodísticos en la última semana de mayo del 2011, cuando Gerardo Conde Roa venció por segunda vez a las encuestas y alcanzó en las urnas el bastón de mando de Santiago, que tanto se le resistió al PP. Pues bien, no va más. Cortos pero intensos han sido los nueve meses en los que este santiagués nacido en Padrón (1959) ha presidido un Ayuntamiento al que accedió más tarde que sus homólogos, por el recurso judicial presentado por el bipartito, tal fue el escaso margen de votos que inclinaron la elección.

Levantó buenas polvaredas cada vez que abrió la boca

Poco ha podido hacer en este tiempo más que gestionar miseria, y de hecho no ha sido capaz ni de presentar sus primeros presupuestos municipales, en los cuales se anunciaba tijera por doquier. Eso sí, como hablar es gratuito, levantó buenas polvaredas cada vez que abrió la boca. Tampoco tuvo tiempo de sacarse los tics de opositor y siguió azotando al exalcalde Sánchez Bugallo, el político que probablemente tuvo más información sobre las andanzas empresariales y personales de Conde Roa y que, sin embargo, no las utilizó como artillería ni en la campaña ni en los últimos meses. Intuía, con razón, que iba a caer por su propio peso.

Su nombre saltó en las listas de morosos

La calamitosa aventura empresarial en el mundo inmobiliario del administrador único de Geslander se llevará hoy por delante una carrera política que, vista con perspectiva, se caracteriza por los altibajos, pero si se pone el foco en los últimos años en el pazo de Raxoi trasciende una permanente tensión que hizo que en varias ocasiones la lucha política se trasladara del Obradoiro a los juzgados de Fontiñas. Su pasado como abogado ha pesado en su forma de hacer política, pero también en la manera de interpretar la gestión empresarial de su promotora, de la que se tuvo constancia pública en el 2008 cuando, aún como líder de la oposición, su nombre saltó en las listas de morosos del Ayuntamiento por no pagar el IBI. Con alharacas, apareció un día en el pleno aireando un talón para pagar los 7.000 euros que debía a la institución que pretendía presidir.

Cuando Conde Roa se convierte en el primer regidor popular de Santiago con mayoría absoluta ya sabía que su sueldo iba a seguir embargado -como consecuencia de su complicado divorcio- y en los últimos días se supo que recibe solamente unos 900 euros mensuales. Con ese salario, siete hijos y una nueva pareja sentimental sin actividad profesional en la ciudad, le resultó fácil aplicar también el ahorro, la austeridad y el gasto racional en la vida municipal.

Esta fue su cantinela durante estos meses, pero sus acciones no siempre siguieron esa línea. La laminación de varios altos cargos con plaza y un buen sueldo fijo en el Concello de Santiago con el fin de sustituirlos por otros que no estuvieran influidos por el gobierno anterior levantó ampollas. Y se cargó la empresa municipal de vivienda.

Como legado, o más bien lo contrario, quedará el rechazo a una nueva estación del AVE que aprobó el Gobierno central saliente y que iba a pagar Madrid. Para justificar su decisión, alegó que lo que realmente necesitaba Santiago era un nudo de comunicaciones de alta velocidad que pasase por Lavacolla. Sin un papel que sustentara tal teoría, trató de convencer a la opinión pública de que su opción era la buena, pero no encontró un apoyo sólido ni por parte del Gobierno de Feijoo ni por la nueva ministra de Fomento, preocupada por otras cuestiones.

Los movimientos de sus ediles

Ese aislamiento político puede ser un buen ejemplo de cómo ha discurrido la vida de este verso libre del Partido Popular, ahora con el pie quebrado. Su entorno más inmediato, los concejales que él mismo escogió con escasas injerencias, trataron de mantener en los últimos días una imagen de solidez y apoyo incondicional que se fue debilitando con el paso de las jornadas. Algunos, pocos, aprovecharon cada intervención pública para hacer una encendida defensa de su jefe. Mientras, un reducido grupo de edilas que ayer arropó de cerca al líder derrocado marcaba las distancias de forma privada y se posicionaba ante un previsible futuro ya sin Conde Roa.

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