E n estos tiempos de turbación no hay día sin mala noticia. Ya no es solo el paro, ni los ERE; ni la parálisis de la construcción ni la ruina del país para financieros con pies de barro; es que ya se nos arruinan hasta los mitos.
Para los gallegos estudiados había dos geografías ejemplares, Irlanda y Portugal, conectadas con nuestro ideario mediante esos lazos duraderos que tiende la mitología. De uno venía, pasando por Alfredo Brañas, el grito de guerra «Como en Irlanda, érguete e anda»; la verde Erín era una Galicia británica -lo mejor de los dos mundos- y en sus libros sagrados están Breogán, Ith, Mil, los guerreros fundadores llegados de aquí. Del otro, el mantra reconfortante: «Menos mal que nos queda Portugal», homenaje a un país en el que la gente aún no está numerada y que tiene por símbolo nacional un gallo gallego, aquel que cantó después de que lo asaran.
Irlanda, a pesar de haber invertido los dólares de la época de bonanza en educación y en tecnología, a pesar de las ventajas de poseer la lengua de los negocios globalizados, pereció por donde todos: por el excesivo recurso al crédito. En Portugal imperaba la mano de obra barata, las empresas intensivas en empleo, una cierta austeridad. La modernización de las infraestructuras coincide con el auge de una nueva y reducida clase dirigente, convertida al liberalismo crudo. El Estado del bienestar se ha descuidado; la clase media se reduce, aumenta la pobreza, cae el consumo y, por fin, se dispara la deuda (y los buitres no perdonan).
Será difícil ayudar desde aquí a estas dos segundas patrias. Sí podemos ejercer el turismo solidario y aprender de lo mucho bueno que atesoran. Y mientras le damos un empujoncito al sector hostelero, les recomendaremos, con la autoridad de socios fundadores, que vuelvan al sacho y se dejen de finanzas.