El orgullo de todo un país empieza en su mopa: «Como falle la limpieza, el hospital no funciona»
EL BOTIQUÍN
El equipo de limpieza de quirófano es el primer eslabón imprescindible de un equipo que coloca a la sanidad española como un referente mundial
05 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Antes de 1847, las infecciones se cobraban la vida de entre un 10 y un 35 % de las mujeres que daban a luz en clínicas obstétricas. La gran revolución de la medicina del siglo XIX se produjo cuando a un cirujano húngaro se le ocurrió proponer a sus colegas lavarse las manos entre paciente y paciente. El hipoclorito cálcico que usaron entonces cumple, un par de siglos después, un papel discreto. Se le llama cloro, a secas, obviando no solo el resto de su pedigrí químico, sino sus méritos de ciento setenta años atrás, cuando su acción antiséptica logró reducir las muertes por fiebre puerperal de las parturientas por debajo de un 1 %. Pocos descubrimientos en la Historia han repercutido tanto en las tasas de supervivencia como el compuesto que se disuelve hoy en sus piscinas.
Como no empezaron a repartirse hasta 1901, nunca hubo un premio Nobel que reconociese a la higiene como acto revolucionario. El cubo, el jabón y el trapo jamás han alcanzado el estatus que sí logró la penicilina, por poner cualquier ejemplo. A día de hoy, cuando un paciente entra en quirófano, sigue confiando su vida a que el cirujano tenga un buen día, pasando por alto que la pericia con el bisturí, aunque importante, está supeditada a que alguien haya pasado la fregona. Vivir o morir empieza porque alguien limpie. Así de claro. Así de olvidado. Así de irónico como que existan másteres en limpieza hospitalaria pero no formación profesional para quienes la ejercen.
Mientras el edificio come tras cerrarse el turno de mañana, cuatro mujeres inician su labor. Entre las cerca de trescientas personas dedicadas a limpiar de una u otra manera el centro, Belén, Isabel, Sandra y Yolanda se ocupan de higienizar los quirófanos que, tras el baile programado de las operaciones de la mañana, tendrán que ajustarse a los ritmos que exige la tarde, reservada para las operaciones de urgencias. Debido al paro en la sanidad, hoy no hay peonadas —destinadas a aliviar las listas de espera—, por lo que Fran, que ejerce de refuerzo y es el único hombre habitual en el equipo, tiene el día libre.
Las cuatro bromean socarronamente con Erica, que también pasillea, entra y sale de los quirófanos supervisando el trabajo. Hay cierto cachondeo porque, hasta hace no mucho, Erica era una de ellas. Ascendió, pero no hay envidia en los comentarios y sí mucha camaradería. Pregunta si podría salir en la foto con sus compañeras del turno de tarde.
Bacterias y virus
Belén es determinada. Lleva cinco años ya dedicándose a desinfectar los quirófanos en el turno de tarde y no espera por nadie. Si se quiere charla, hay que ir detrás de ella. «Normalmente, esta bayeta no se pone en el mojador, pero yo se la pongo para que no se queden pelos», dice mientras comienza a repasar paredes y techos; trucos que da la experiencia. Está realizando una «limpieza de contacto» en el quirófano 18. «Cuando en la operación aparece una bacteria o una enfermedad contagiosa, tenemos que desinfectar todo». Todo es todo. Hoy tienen dos de este tipo, pero pueden llegar hasta «cuatro o cinco».
«Últimamente hay un montón de contactos. No sé por qué, cada vez hay más», comenta Belén, una observación que coincide con la tendencia al alta de las infecciones nosocomiales —aquellas que se producen dentro de los hospitales—. Cuando hay un agente infeccioso presente, son ellas las que se ponen enfrente. Son la primera línea de fuego. Tras acabar con paredes y techo, se pondrá con el mobiliario, y por eso deja ya todas las ruedas de los aparatos móviles empapadas en desinfectante. Estima que tardará algo más de una hora en dejarlo listo.
Agilidad y responsabilidad
Sesenta y pico minutos son escasos cuando uno repasa la cantidad de pliegues, superficies, rincones y alturas que hay dentro de un quirófano. «Hay mucho estrés, porque cuando se sale de un quirófano ya hay quien quiere volver a entrar. Tienes que hacer el trabajo rápido, pero también lo tienes que hacer bien, porque es un quirófano. Eso genera mucha presión. Todos quieren que el suyo se haga primero, pero hay prioridades. Los quirófanos 17 y 14 son para urgencias y esos son prioritarios», cuenta Yolanda, mientras pasa la bayeta en uno de los lavamanos situados a la entrada de cada quirófano. Lleva dos años aquí, pero se le nota a la legua que tiene el carácter suficiente para imponer límite a las prisas. Esas ansias de premura las notan todas e Isabel respalda la reivindicación del despacito y buena letra de su compañera. «Siempre quieren que apures más, pero es fundamental limpiar una cama. Es donde se tumba el paciente y yo me tomo mi tiempo. Esto es un equipo y primero entramos nosotras. A veces no se le da la importancia que tiene a lo que hacemos, pero si falta la limpieza, imagínate».
El equipo, está claro, rema acompasado; es una piña. «Se nota mucho. Donde hay armonía y compañerismo, las cosas fluyen». Isabel lleva ya seis años velando por la asepsia del Chuac, pese a que el primer día, cuando vio el panorama, dudó de si valdría para esto. «Al tercer o cuarto quirófano ya te acostumbras, pero hay algunos que son complicados porque tienes sangre en las paredes, en el techo y tienes que hacer prácticamente una limpieza general». Se ocupa de los espacios destinados a las especialidades de urología, cardiología y traumatología. Esta última, según dicen todas, se lleva la palma en cuanto a lo de dejar claro que han pasado por allí. «Son intervenciones largas y complicadas, hay que llegar al hueso, y quizás sea uno de los espacios más sucios», comenta.
Isabel, que algún día tuvo dudas sobre si sería capaz de hacer lo que hace, ha llegado a tener que entrar incluso en plena intervención para, con su labor, permitir que la cirugía avanzase. «Fue durante una amputación, pero no es habitual», tranquiliza, mientras señala una mancha del suelo que no se ha ido: «El betadine incluso con estropajo es complicado que salga».
Un trabajo invisibilizado
Sandra empuja el carro de limpieza, recorriendo su bloque y entra a limpiar en el quirófano nueve, justo enfrente del espacio reservado para neurología. «El diez es todo para neurología. Normalmente son operaciones largas y suele quedar bastante mal. Después tengo cirugía vascular y general. En el ocho se suelen hacer extracciones, por ejemplo. A veces, hay trasplantes en el siete». Acaba de cumplir un año en su puesto, aunque es limpiadora desde los 18. Antes de estar en el hospital era empleada de servicio doméstico. «Aquí hay protocolos, muchas cosas que nunca había tenido que hacer en otros trabajos», explica, pero se le ilumina la sonrisa cuando habla. Dice que su trabajo le encanta. «Soy una persona que le gusta aprender todos los días y de aquí siempre sacas algo. Siempre», acentúa. Es una persona dulce y habla con magnetismo de algo tan invisibilizado como su oficio. «Siempre digo que como falle la limpieza, el hospital no funciona. No puede. Creo que no se valora como se debería. Porque es un trabajo duro. A mí me lo parece. Te agachas, estás para arriba, para abajo, paredes. Es duro. Y mucha gente no ve ese valor que yo le veo. Y creo que es un trabajo que se debe valorar. Mucho», acentúa de nuevo.
Dice que no le gusta el protagonismo, que no es «muy partidaria de estas cosas». Pero se presta. Por ella, por sus compañeras y por «otros mucho trabajos que están muy olvidados». «Es un trabajo sacrificado, duro y en el que tienes mucha responsabilidad. Cuando me pongo a limpiar un quirófano soy consciente de que aquí va a entrar una persona a hacer una cirugía. Y esto tiene que quedar desinfectado», insiste.