Aprendiendo a convivir con una madre distinta

Laura López RIBEIRA/LA VOZ.

SANTIAGO

Ángela Gude, de Aguiño (Ribeira), no tiene parada. Sus 78 años de experiencias se reflejan en las arrugas de su rostro y en los dolores de la artrosis. Pero, si se mira con atención sus ojos, su mirada habla del espíritu de un niño, con la vitalidadde la inocencia y la juventud. Es feliz. Lo dice su sonrisa constante, su actitud cordial. Pero padece alzhéimer.

A pesar de la alegría que contagia, la convivencia no es fácil, y solo unos minutos bastan para darse cuenta del cansancio que puede generar cuidar de una persona con esta dolencia. Su hija Ángela Arnoso está pendiente de ella diariamente. Vive junto a la casa de sus padres, y tiene que atenderlos a ellos, su hogar y su trabajo en la peluquería, y las horas del día no le llegan. Esta familia -como muchas otras en la actualidad- cuenta con una valiosa ayuda: el centro de día que acaba de abrir en Ribeira. Allí pasa las tardes de 15.30 a 19.00 horas. Parece poco, pero para su hija es todo un mundo.

Tras una mañana de cuidados continuos -Ángela Gude no puede hacer nada por sí sola, llega el momento de preparase para ir al centro ribeirense. Hay que peinarla, vestirla y calzarla. «E non te creas que lle vale calquera cousa», explica su hija. Primero, hay que preguntarle qué quiere ponerse. Porque, a pesar del alzhéimer, Ángela conserva aún el buen gusto, la elegancia y la coquetería. Por supuesto, no puede salir sin su collar y sin los pendientes.

«Imos ao cole, ¿non?»

Una vez lista, sin perder la sonrisa, anuncia a todo el mundo que se va al centro de día, que denomina el colegio. Es una de esas personas que se hace querer, despierta ternura, agarra a quien esté con ella y afirma: «Imos ao cole, ¿non?».

Su hija la ayuda a subir al coche y a poner el cinturón, pero en los segundos que tarda en sentarse al volante, su madre ya está jugando con la llave del contacto. «O outro día quitou o freo de man», recuerda. Está claro que la paciencia es esencial para cuidar de una persona así. En Ribeira, todos son abrazos y muestras de cariño hacia las cuidadoras y el director del centro, Pablo Mirás. «Esta é unha xente especial, marabillosa, teñen un don. Miña nai está encantada con eles e iso para min é unha tranquilidade. Aquí está ben atendida, e tamén prestan atención aos familiares», explica.

Así empiezan para su hija cuatro horas propias. Es entonces cuando deja ver el cansancio -físico y psicológico- acumulado los últimos cuatro años, desde que a su madre le diagnosticaron la enfermedad. Ha tenido que aprender a vivir con otra madre distinta, que es como una niña, pero que no lo es. Que apenas tiene momentos de lucidez y con la que mantener una conversación es un sueño irrealizable. Una abuela que le cuenta a su nieto: «Hoxe porteime ben no cole, ¿ti portácheste ben tamén?». Una abuela con caprichos de niña.

Su historia es la de muchas familias que conviven con personas que parecen estar en un mundo aparte, que incluso van acompañados de episodios de agresividad. Los centros de día son un modo de recuperar una pequeña porción de sus vidas.