Que hablen los instrumentos

Montserrat Capelán

SANTIAGO

Cuando se leen los cantos que conforman Noche más allá de la noche, de Antonio Colinas, no podemos dejar de imaginarnos la música que debiera acompañarlos. No se trata únicamente de la referencia constante a elementos musicales que realiza en su texto, si no también -y nos atrevemos a decir que fundamentalmente- a que la música se constituye en el fondo que la mece persistentemente.

El pasado jueves, el compositor Juan Vara colmó nuestros deseos y pudimos oír -al fin- el poema musicalizado del escritor leonés. No hemos sido defraudados. El compositor no solo ha conseguido recrear acertadamente el espíritu de la obra si no que, en todo momento, ha logrado que el poema emerja por sí mismo a través de los sonidos de la orquesta. Algo nada fácil de lograr y con lo que Juan Vara se nos muestra como un excelente conocedor de la retórica musical. Son un acierto, sin duda alguna, los compases de silencio con los que comienza y culmina la obra. Los primeros dos compases en tutti de silencio y -si se nos permite la expresión, a solo de batuta- se convierten en una obertura que crea la atmósfera necesaria para que la música surja de la bruma.

Pero este no es el único elemento en el que la obra de Juan Vara hace gala de buena retórica. La manera en que consigue resaltar la frase del texto «¿Y yo quién soy?» mediante la exclamatio que realiza la soprano, es una, entre tantas otras, muestra de esto.

La orquesta supo, en términos generales, hacer frente a la obra. El oboe, que realiza constantes dúos con la soprano, imprimió el lirismo que estos requerían. Por su parte, los primeros violines llegaron a sonar como un solo instrumento, algo que solo las buenas filas son capaces lograr. De la solista, la soprano valenciana Ana Ibarra, podemos decir que no llegó a ofrecernos lo que esperábamos de ella. Con una voz sin demasiado cuerpo en los graves y una musicalidad que echamos en falta, no realizó precisamente su mejor actuación.

La sinfonía 5 de Mahler

Existen quienes han llegado a afirmar que la sinfonía se termina con la novena de Beethoven. Como El Quijote, último libro de caballeros andantes a la vez que la versión más lograda del género, la composición beethoviniana sería la cumbre y el fin de la sinfonía. Sin embargo, el compositor bohemio Gustav Mahler tuvo la virtud de mostrarnos que todavía le quedaba vida a la sinfonía. Algo que consigue plenamente en la quinta de sus sinfonías. Si bien Pablo González, el director invitado en esta ocasión para dirigir la Orquesta Sinfónica de Galicia, nos resultó un tanto insulso en la obra anterior (probablemente por estar demasiado pendiente de la partitura), en Mahler se nos mostró de un modo completamente diferente. Consiguió el equilibrio adecuado entre fuerza y delicadeza que requiere la obra junto con una orquesta que supo responder a sus requerimientos. El tema de la marcha fúnebre, presentado por las cuerdas, fue realizado con gran sutileza y lirismo. Por su parte, la primera trompeta, quien presenta el tema de la introducción que se repetirá a lo largo de la sinfonía, lo hizo con la articulación y fraseos deseados. Terminó el concierto con los calurosos y largos aplausos de un público satisfecho con la actuación de la orquesta, lo que motivó que el director saliera hasta tres veces a agradecer tan cálida acogida.

OSG. Auditorio de Galicia. Obras de Juan Vara y Gustav Mahler. Ana Ibarra, soprano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Pablo González, director.