La sombra del progreso es alargada

SANTIAGO

El gigantesco viaducto de O Eixo ha cambiado la vida de los vecinos; la estructura tapa el sol de las huertas e incluso ha cambiado la acústica de la zona

20 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

En las caras de los vecinos de Eixo de Arriba, Eixo de Abaixo, Vilacova y San Martiño de Aríns se observa un gesto parecido al que, hace unos 2.000 años, debieron poner los habitantes de Segovia cuando los romanos les levantaron un acueducto. No es agua lo que correrá por encima de las cabezas de estos núcleos rurales de Santiago, sino un tren veloz que, en teoría, conectará a la capital de Galicia y a Galicia entera con el progreso y la modernidad. Pero que la modernidad te sobrevuele el sombrero no es algo que carezca de inconvenientes o de efectos secundarios; no se trata de protestar, sino de retratar cómo les ha cambiado la vida a quienes el AVE ha peinado con la raya al medio. Nunca nada volverá a ser lo mismo, ni siquiera las vistas.

La pista que baja hacia el arco central del viaducto -orgullo de los ingenieros del grupo Puentes y digno de aparecer en un capítulo de Megaestructuras en el Discovery Channel-, marca la frontera imaginaria entre O Eixo y Vilacova (Aríns). Y en la parte de Aríns está la casa de Sara Munín , una vecina que huyó de Sar buscando la tranquilidad y que ahora tiene, al otro lado de sus visillos, la estampa tremenda de unos pilares de ochenta metros, los mismísimos pilares de la tierra tras los cristales, donde el cielo ya siempre será gris hormigón.

Para Sara, el viaducto es «o peor que nos puido pasar, escapamos para aquí para estar tranquilos e agora é un desastre». Ella y su marido construyeron la casa en el año 2000, y la bautizaron con el segundo apellido de la mujer: «Ayude».

«Todo asombrado»

Pero lo peor no son las vistas: «O malo é a sombra que dá a ponte sobre a casa pola leira adiante ás tardes, antes tiñamos moito sol, todo o día, e agora xa non. Cando o sol vén baixo, vai de columna en columna e vaime dando a sombra na casa. ¡Teño todo asombrado! ¿Quen me paga a min o sol? ¡Hai que aguantarse!», dice mientras se encoge de hombros.

Claro, cualquiera que observe el viaducto de lejos difícilmente reparará en el problema que supone para quienes viven a su sombra. Y la sombra del viaducto de O Eixo es enormemente alargada.

Otro castigo con el que tienen que lidiar los vecinos es el estado calamitoso en el que han dejado las pistas que unen las dos parroquias, destrozadas por el peso, el ir y el venir de camiones, hormigoneras y grúas de gran tonelaje que participaron en la construcción del viaducto. «Veñen aquí, fan unha chapuza na pista e volven marchar», dice Sara, que exige que alguien tome cartas en el asunto y, por lo menos, si lo del cielo ya no se puede cambiar, que se deje la tierra tal como estaba.

Concha es prima de Sara, vive del otro lado de la pista, en Eixo de Arriba, y también ha notado que en la huerta ya no pega aquel sol tan calentito de las tardes. Tal es el impacto del viaducto de O Eixo en las vidas de sus habitantes que, por cambiar, incluso ha cambiado la acústica. «As bombas de palenque das festas xas non soan como antes, resoan, fan ¡bum, bum, bum, bum...!», dice Concha.

-¿E pasou por riba?

-Si, os domingos hai moita xente, van camiñando por riba desde Angrois ata Marrozos.

-¿E chegará a montar no tren para pasar sobre a súa casa?

-¡Non creo!

Desde el suelo se aprecia perfectamente la barandilla metálica que protege el tablero del viaducto del abismo que hay casi cien metros más abajo. Y lo que arriba es una medida de seguridad, para los de las profundidades es otro problema, porque el viento es caprichoso y toca la harmónica con las barandillas; y toca de oído, claro, a la hora que le da la gana: «Hai tanto ruído que ás veces non se aguanta», dice Sara.

-¿E cando pase o tren?

-¡O tren seguro que non nos dá tanta movida, pasa nun momento e xa. Pero o outro é continuo. E o que tivemos xa, coa obra!

La zona ha cambiado para siempre y en Aríns y en O Eixo ya nada será lo mismo. De momento, las empresas constructoras tienen una deuda pendiente con las pistas vecinales.