«El problema de esta ciudad es que hay mucha gente que no es de aquí»

Concha Pino

SANTIAGO

Forofo del Compostela «de la vieja época», recuerda con especial cariño su etapa de futbolista y que fue el capitán «del mejor equipo de juveniles que tuvo el Compos»

18 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Héctor Pardo nació en Becerreá, pero su padre, que era jefe de Correos en la localidad lucense, «pidió el traslado a Santiago para que pudiéramos estudiar la carrera, porque éramos cuatro hermanos». El tenía 13 años, así que dice que es santiagués. Y deja claro que santiagués, no compostelano, «porque Compostela es universal, como si fuera el alma de esta ciudad. Y Santiago es el corazón. Compostela es el campo de la estrella, de la Vía Láctea, que la ve todo el mundo, y por eso es de todos, mientras que Santiago es de unos pocos, es el Franco y sus alrededores, la almendra».

La adolescencia y la primera juventud fueron «la mejor etapa de mi vida», explica este hombre inquieto y de amena conversación, que recuerda de manera especial la plaza de Platerías, «porque de los 13 a los 20 años veníamos a diario al soportal del Banco de España, que era el punto de encuentro, el lugar por el que pasábamos todos los amigos sin quedar previamente. Comprábamos una manzana y pipas en una tienda pequeña que había en el edificio que solo es fachada, la Casa del Cabildo, nos íbamos a dar una vuelta por las rúas y volvíamos. O al Franco a tomar una taza, unos garbanzos en el Tixola, y de nuevo al soportal. Los sábados y domingos, y también los viernes, íbamos al Yojakin, a la sesión de las siete de la tarde».

A la cita acudían sobre todo los que jugaban al fútbol. Porque Héctor fue jugador del Compos, «fui capitán del mejor equipo de juveniles de Santiago, del que salieron jugadores internacionales como Tomás, que el pobre acabó mal. Todos mis compañeros eran de ese nivel. Y llegué a jugar en el de mayores». Reconoce que es un forofo «del Compostela de la vieja época, pero del de ahora también, aunque ahora soy de Caneda, porque el Compos es de Caneda». El caso es que no está seguro de ser socio en estos momentos. «No debo de serlo, porque no tengo conciencia de pagar, pero lo seré tan pronto me lo pidan». Sigue siendo amigo de aquellos colegas del equipo, «que eran muchos y muy buenos, y que cuando nos encontramos es algo especial, como si nos viéramos el día anterior». Cita, de la alineación de su etapa de capitán, a Tomás, Carlos Cea, Lolo, Pirri, Paco, Carballo, el portero Wenceslao... También jugó en la selección universitaria de fútbol. Y piensa hacerse socio del Obradoiro «si se consuma, que espero que sí, porque hay que quitarse el sombrero ante la gente que estuvo ahí peleando. Claro que puede suceder que la ciudad no responda, aunque con el Obradoiro hay algo especial».

Ciudadanos cultos

El escaso compromiso que hay en esta ciudad con el club de fútbol local y con otras cuestiones ciudadanas lo explica este compostelano de adopción en que la mayoría de las personas «no son de aquí, hay mucha gente de Vedra, de Val do Dubra, de Carballo... Se van los fines de semana, no hacen vida en la ciudad. Y los funcionarios vinieron un poco a la fuerza, por eso sus momentos de ocio quieren pasarlos donde tienen vínculos, y cuando pueden se escapan».

Héctor asegura que también quiere mucho a Becerreá, a donde está atado por fuertes lazos maternos. Aprovechando una herencia compró un molino, «pero eléctrico, de los pocos que hay en Galicia, y lo voy a restaurar porque me gusta y porque no quiero que nadie lo tire».

De naturaleza reivindicativa, comenta que pensó en elegir como rincón el campus o la rúa Loureiros, «pero ante una papelera rota. Es lo que tenía que hacer, porque yo nací para protestar, no para complacer. ¿Cómo puede haber una papelera rota en el campus, que es de lo más bonito de esta ciudad, y cómo puede estar lleno de coches? Espero que el vicerrector Taín, que además es amigo mío, se ponga a ello». Porque Héctor apela a la cultura como la mejor forma de que se respeten las cosas de manera natural. Por eso, le reconoce a la Iglesia católica, «que nunca me preocupó, ni para bien ni para mal», que haya conservado el patrimonio que tiene esta ciudad a lo largo de los siglos, «porque si no fuera por la Iglesia no tendríamos San Martín Pinario ni Praterías o la Corticela, independientemente de las barbaridades, que las hubo. Por lo demás, para mí solo existen dos fuerzas fundamentales, que son la política, en el Concello y en la Xunta, y la cultura, en la Universidad. Y se acabó».

Por su profesión de notario deduce del carácter de la gente «que somos unos cutres, pero sobre todo los que tienen dinero, porque me parece inconcebible que la gente que mueve mucho dinero para comprar un piso no vaya a un asesor fiscal ni a un abogado, porque tiene miedo que le cobre cien mil pelas, pero dan cinco millones de entrada por un documento cualquiera».

Comenta que a la notaría, salvo casos especiales, «no viene nadie con necesidades perentorias, porque comprar un piso no es necesario, no es indispensable. Por eso me parece alucinante que la vivienda de protección oficial sea de propiedad. Yo las daría en alquiler. No me parece normal que la gente pague sus impuestos para que otro compre un piso. Los tendrá que pagar para que pueda ir al médico o para que duerma bajo techo, pero no para que compre piso».

Para él, el problema de los gallegos «es que estamos poco orgullosos de nosotros mismos y nunca nos atrevemos frente a otros que, por el hecho de ser de fuera, ya se da por supuesto que son mejores».