El botellón se repliega

SANTIAGO

La policía cifró en 1.500 el número de personas que se concentraron el jueves en la Alameda, que se quedan cortas comparadas con las 6.000 de la semana pasada

20 oct 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

Recién llegado, me veo con un vaso de plástico cutre en la mano que parece haber salido de la nada. Pronto lo llena un líquido del color de la Coca-Cola que sabe bastante más amargo. Y el problema de siempre, según los botelloneros expertos: faltan hielos. La propuesta es pasar la noche den botellón en la escalinata del campus, en la Alameda, rodeados de «1.500 personas», según la policía, y de «un mogollón de peña», según la organización.

Con un vaso de plástico y sin hielos, y sin haberlo pedido. Somos un grupo de menos de diez personas que ha llegado pasadas las doce y media, ha acampado en un sitio y se ha puesto a charlar y a refrescar la garganta. Esa es la principal característica del botellón: funciona en grupos. Cada cual se compra la bebida con los suyos, se coloca con ellos y charla con los mismos. Esta práctica solo es masiva porque un gran número de personas se concentran en el mismo sitio, pero nada más. Eso sí, a medida que avanza la noche un tropezón, una risa, gorronear un pitillo o cualquier excusa sirven para ir haciendo contacto con otros grupos.

Lo que pasa es que el nuestro es previsor. Son muchos años haciendo botellón, explican y ya son algo más mayorcetes que el resto. Ninguna de la decena de personas es de esas que se agolpaban en las tiendas 24 horas a la una y a las dos de la mañana. La policía asegura que hubo colas de hasta cien personas fuera de esos establecimientos. Los de nuestro grupo compraron la bebida a las seis de la tarde, así que, en este caso, ni siquiera la intención del alcalde de prohibir la venta de bebidas a partir de las diez de la noche habría servido de nada.

Los «botellódromos»

«Lo de los botellódromos no está tan mal», dice H entre sorbo y sorbo, «por lo menos no se molestaría a los vecinos y no quedaría todo hecho un asco». Al principio, H bebía ( privaba ) por razones económicas, porque las copas están muy caras para el presupuesto de un estudiante. Ahora, reconoce, el botellón ya es simplemente una práctica social.

Quien seguro que no tiene problemas de dinero es M. Ya avanzada la noche, le pasa a P una bolsita con algo que se parece mucho a la harina pero que, probablemente, P no va a utilizar para hacer tartas ni pan. Dicen que es un ingrediente muy caro.

Hacia las dos y media suena un petardazo en el cielo, un tipo está tocando la guitarra, una chica que se intenta mover por el parque casi se queda enganchada entre tanta bolsa que hay tirada por el suelo y otra asegura que ya no ve nada mientras una compañera suya vomita en el suelo y deja allí hasta el intestino. La calle sigue llena de meones. Pouco queda que roer y el botellón se va disolviendo. Comparado con otros días, muy normalito. Nada que ver, desde luego, con las 6.000 personas del jueves pasado. Pero el botellón es solo una fase previa, porque ahora hay que ir a los locales.

A las seis empezarán su labor los trabajadores de la limpieza recogiendo restos y rastrillando el parque. El trabajo se lo han dejado difícil los jóvenes, porque todo ha quedado en el suelo. Pero también el Concello se lo puso difícil: pocos contenedores había durante la fiesta y, los pocos que había, no se veían.