CRÓNICAS URBANAS
02 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LA ALDEA se va haciendo grande. El fenómeno metropolitano ya es un hecho consolidado, porque Ames, Teo y Oroso suman más de la mitad de la población que vive oficialmente en una capital en la que crecen los edificios pero no el censo. En el siglo en el que con seguridad caerán las inútiles barreras políticas que delimitan las provincias o los municipios minúsculos ya no vale la pena obsesionarse en conseguir un ejército con los 100.000 hijos de Santiago, porque actualmente otros tantos individuos invaden a diario la ciudad para trabajar, divertirse o buscarse un quehacer en la vida. Con dificultades, el cinturón urbano va vertebrándose y la comarca santiaguesa avanza, cuando otra realidad se acerca a velocidad de AVE: el tren y las autovías dejarán a tiro de piedra a miles de gallegos que antes sólo venían a a comer pulpo en el Apóstol. Pero para atraer con fuerza a esta masa de población -seremos medio millón, aventura Sánchez Bugallo- y convertirse en la metrópoli más influyente del noroeste, la capital tiene que salir del ensimismamiento en el que se ha instalado. No basta con que el ciudadano tenga la percepción de que la urbe madre funciona correctamente y de que es eficaz y agradable, como ocurre ahora. Compostela necesita transmitir una fortaleza y un vigor que, salvo excepciones, no se atisba en una clase política acomodada a izquierda y derecha, en un tejido empresarial muy conservador, en unos centros universitarios escuálidos o en un comercio con una crisis crónica alentada por las multinacionales. Con paciencia franciscana llegarán infraestructuras clave, pero el cemento, opaco y gris, no es capaz de traslucir por sí mismo una idea ambiciosa del Gran Santiago del siglo XXI.