Del cayuco a Compostela

David Gippini SANTIAGO

SANTIAGO

Reportaje | Abdoulaye Faye relata el drama de la inmigración Tras una travesía de seis días hasta Canarias y más de un mes de reclusión en un centro de acogida, el Gobierno envió a este senegalés a Galicia; hoy vende artesanía en la Alameda

29 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL COLCHÓN FAMILIAR. La venta ambulante de artesanía junto a su hermana y su cuñado es, por ahora, la ocupación de Abdoulaye ADAPTACIÓN. Abdoulaye dedica sus noches a aprender español con un viejo y usado manual que ha heredado de su hermana Awa Abdoulaye Faye tiene sólo 27 años y sonríe con facilidad, pero su mirada delata que ha vivido ya mucho. Tanto como otros cientos de africanos que cada día se lanzan a la aventura de emigrar a Europa al precio que sea, desafiando a la muerte rumbo a Canarias a bordo de los cayucos. El senegalés Abdoulaye es uno de ellos, pero él tuvo suerte: sobrevivió y ahora puede contar su historia. Todo empezó hace apenas dos meses, cuando una de sus hermanas le comentó la posibilidad de viajar a Canarias en cayuco. La respuesta de Abdoulaye no se hizo esperar. «En África no hay futuro, no hay trabajo, no hay nada; para nosotros, Europa es el paraíso, aunque en realidad no sabemos nada de lo que pasa aquí, sólo lo que vemos por la tele», explica. Un par de días después, tras pagar una suma que prefiere no desvelar, se encontró a bordo de una embarcación miserable hacinado junto a otros 116 compatriotas, unos bidones de agua y algo de combustible. «El viaje fue horrible: la gente se peleaba y pasábamos el día vomitando; llega un momento en el que ni siquiera quieres llegar a España, sólo piensas en que vas a morir», recuerda. Pero fueron afortunados; en sólo seis días llegaron a Fuerteventura, y allí les estaba esperando la Guardia Civil y la Cruz Roja. «Me asusté muchísimo cuando me di cuenta de que todos eran blancos», dice riendo. Pero la realidad fue mucho mejor de lo esperado: «Los españoles son gente maravillosa, no puedo decir más que cosas buenas de ellos; en cuanto llegamos, nos dieron ropa limpia y algo de comer y nos asignaron un abogado a cada uno». Después, otro suplicio: la espera. Durante 37 días, Abdoulaye y sus compañeros de viaje permanecieron en un centro de acogida en Canarias, donde algunos de ellos llegaron a protagonizar una huelga de hambre para reclamar su libertad. Finalmente, las autoridades decidieron distribuir a los recién llegados en varias comunidades de la Península. Abdoulaye, una vez más, tuvo suerte: su hermana mayor Awa y su cuñado, instalados en Pontevedra desde hace años, aceptaron hacerse cargo de él. Desde hace poco más de un mes, disfruta de una nueva vida ayudando a su familia en la venta ambulante de artesanía y aprendiendo, poco a poco, algo de español. Las fiestas del Apóstol le han traído por unos días a Santiago, una ciudad que le ha seducido. «Aquí nadie me ha mirado mal», asegura. Pero el recuerdo de la travesía en cayuco todavía le persigue. «Me gustaría que mis hermanos vinieran también, pero nunca permitiré que vengan como lo hice yo, prefiero ahorrar lo que haga falta para pagarles el visado y el avión», dice. Pese a todo cree que su sacrificio ha valido la pena: «Todos tenemos derecho a tener una casa, un trabajo, una familia, una vida normal. Y por eso he venido».