A contar las habas del plato

Xosé Vázquez Gago
Xosé V. Gago SANTIAGO

SANTIAGO

PACO RODRÍGUEZ

Testigo directo | Hábitos saludables en los colegios de Ames El Bispo Guerra Campos es uno de los centros que ha puesto en marcha la pionera iniciativa del Concello de las agendas alimentarias, que recogen qué come cada niño

08 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Batas blancas, guantes de plástico y cofias de enfermera. Aunque lo parezcan, no se trata de personal de un hospital o laboratorio. Son los monitores de los comedores escolares de los colegios de Ames, donde se cuida al máximo la higiene y el control de lo que se come. Tampoco se escatima el número de trabajadores, hay una para cada diez alumnos. Les sirven la comida, atienden sus peticiones y rellenan los datos de la agenda de la red de comedores de cada alumno, que detalla cuánto han ingerido de cada plato para que sus padres equilibren la dieta con las comidas de casa. Los empleados del Ayuntamiento también se encargan de que los niños se laven las manos y les acompañan desde las aulas hasta el comedor El trabajo de los monitores es más duro de lo que parece. Es difícil hacerse a la idea de los decibelios que provoca un grupo de 150 pequeños de tres a once años. El viaje de las aulas al comedor es tranquilo, pero la entrada de los pequeños recuerda a la llegada de una plaga de langostas hambrientas y muy ruidosas. «¡Eu prefería caldo!», «¡ese é o meu sitio!», se escucha. Otros se dan cuenta rápidamente de la presencia de extraños. «¿E ti quen es?, ¿vas comer aquí?», preguntan a los periodistas; «¿por que non me fas unha foto a min?, ¡eu tamén quero saír nas fotos!», piden al fotógrafo. Ayer había habas con chorizo, pescadilla con patatas y, de postre, manzana y arroz con leche. El menú está diseñado por un nutricionista, pero es preciso adaptarlo a las posibilidades de producción de la cocina de colegio Bispo Guerra Campos, desde donde también se cocina para el centro de Ventín. El mantenimiento de los monitores y la comida supone un gasto de 120 euros por mes y alumno. Los padres pagan 60, el resto lo financia la administración local. Las agendas no incluyen el menú de cada día, un detalle que se incluirá cuando el servicio esté más rodado, pero se suministra a los padres una copia del de cada semana todos los viernes. Los responsables intentan ser flexibles, incluso es posible cambiar el pescado del menú por otro en función de la oferta del mercado. La intención última de todo el proyecto es lograr que los pequeños amienses reciben una alimentación sana y equilibrada. Una meta lógica, si se tiene en cuenta que la juventud del municipio, que tiene la media de edad más baja de Galicia, es una de sus principales bazas de futuro. Por ahora, parece que el compromiso del gobierno local está surtiendo resultado. En plena explosión de la obesidad infantil en los países desarrollados, los más de 140 alumnos de comedor del Bispo Guerra Campos no están ni gordos ni delgados. Quizá tenga algo que ver el nutricionista, la apuesta por productos frescos y naturales y la desaparición de las mesas de galletas, productos industriales y bebidas gaseosas. También parece que la comida está rica, ninguno protesta por la presencia de pescado en el menú. Todos acuden alegres al comedor y no dudan en pedir que les pongan «máis chourizo» o «máis auga» con las habas.