Reportaje | Así nos ven los extranjeros Cuatro personas de nacionalidades diferentes y residentes en Santiago exponen su punto de vista sobre la ciudad y comentan sus virtudes y sus defectos
04 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Una lluvia recia y persistente es el único elemento típicamente compostelano de un encuentro atípico, protagonizado por cuatro ciudadanos extranjeros residentes en Santiago y dispuestos a compartir su visión de la ciudad. La cita es en el restaurante Sakura, en el que ejerce como anfitriona su propietaria Megumi Shiozawa, japonesa de nacimiento, pero compostelana de adopción desde hace catorce años; también acuden a la llamada de La Voz el marroquí Said Khouaja, técnico de telecomunicaciones de 34 años y residente en Santiago desde hace más de ocho; el psicólogo Alberto Rosales, llegado a la ciudad en 2004 y nacido en Argentina hace 53 años; y la benjamina del grupo, la estadounidense Chrystal Reese, estudiante de lengua española en la USC desde hace apenas tres semanas. Cuatro perfiles distintos, unidos por su condición de extranjeros en una ciudad con un carácter cada vez más cosmopolita, pero en la que todavía hay quien se sorprende ante la diferencia. La recién llegada Chrystal explica: «Antes de venir, pensaba que todo sería parecido a mi país, pero veo que hay muchas diferencias. Yo vengo de Alabama, en el sur de Estados Unidos, y allí la gente es más amistosa, más hospitalaria; aquí es más difícil relacionarse». También Megumi desmiente el tópico sobre el carácter abierto de los españoles, al menos en lo que se refiere a los compostelanos: «Al principio son desconfiados, y tímidos, les cuesta abrirse; pero con el tiempo demuestran ser muy hospitalarios y muy buena gente». Said lo confirma: «Es muy difícil ganarse la confianza de un gallego, pero una vez que lo consigues, te lo da todo». Calidad de vida Menos unanimidad despierta la calidad de vida en la ciudad en comparación con sus países de origen. El argentino Alberto Rosales, gallego de origen y residente en Buenos Aires durante muchos años, muestra su decepción ante la falta de infraestructuras de una ciudad que, después de todo, tiene el rango de capital: «Me llama la atención que una ciudad que es la referencia de Galicia no tenga un mejor servicio de transporte público, que las calles estén tan mal señalizadas, o que no haya una oferta de ocio pública; es cierto que eso cuesta dinero, pero la administración debería hacerse cargo de estos servicios, aunque sean deficitarios». Sus compañeros de tertulia asienten, y todos se quejan del tráfico en la ciudad y de la escasa oferta de transporte público; a cambio, aseguran que pocas veces se han sentido tan seguros como en Santiago. El marroquí Said apunta que en su ciudad de origen, Casablanca, es raro ver a chicas solas caminando por la ciudad a partir de cierta hora de la noche; Chrystal asiente y explica que en Birmingham, donde vive habitualmente, pasar miedo es lo habitual: «Nunca salgo sola, y si se acerca alguien, lo primero que pienso es en cómo escapar si me ataca». Alberto Rosales resume la situación en una frase: «Aquí los padres pasean a sus niños tranquilamente por el parque, porque saben que no les va a pasar nada». Santiago puede, por tanto, presumir de segura, pero no de precios bajos. El coste de la vivienda sorprende a todos, incluso a Megumi, a pesar de que su ciudad, Tokio, tiene el metro cuadrado más caro del mundo. Sólo resultan baratas la bebida y la comida, que, además, encanta a todos. Megumi confiesa que la buena mesa es una de las razones por las que decidió quedarse a vivir en Santiago, y a Chrystal le han bastado tres semanas para descubrir las pastelerías compostelanas; incluso Said, a pesar de que evita el cerdo por razones religiosas, confiesa que ha ganado varios kilos desde que vive en el país de las raciones.