En directo | De Santiago a la capital del Reino Unido en un suspiro Santiago aporta la línea de bajo coste; los santiagueses deberán poner únicamente las ganas, porque el viaje a la capital de la niebla, por corto que sea, siempre vale la pena
23 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.¿Quién dijo que un día y 150 euros no dan para nada? Como poco, dan para irse a Londres y sobrevivir allí. La compañía irlandesa Ryanair hace posible el vuelo barato; optimizar los recursos es cuestión de imaginación. En el presupuesto no se incluye el hospedaje, por cuanto apostamos por gorronearle la cama a una amiga emigrante, que sale más a cuenta y es más entrañable. En cualquier caso, a los 150 euros por persona súmenle 60 por noche en un Bed and Brekfast normalito. En marcha Este viaje lo empezamos el que suscribe y un fotógrafo el 11 de abril y finalizó el 13. Corto, pero intenso. Dejamos Santiago en el vuelo barato de las 14.40 que, con la hora menos, llega a Londres a las 15.50. El avión te descarga en Stansted y allí cogemos el Stansted Express, que tarda 40 minutos en ponernos en la estación de Liverpool Street, en el centro de la ciudad. En nuestro caso, la casa de la amiga gorroneada se encontraba cerca de Vauxhall, a donde conseguimos llegar en metro antes de que den las seis. Es cierto que la hora del vuelo limita el viaje, pero no tanto como para estropearlo. Decidimos que lo primero será un gran paseo siguiendo Victoria y el curso del Támesis, hasta la Abadía de Westminster, que está impresionante cuando cae la noche. Tardamos una hora pero se hace corta, mirando a un lado y a otro todo el rato. Nos emocionamos varias veces y seguimos andando: el Big Ben, el London Eye inmenso y redondo... En el mismo paseo recalamos en Victoria Station e incluso nos da tiempo, de vuelta, a pasar por delante de Scotland Yard, que es un sitio pintoresco para ver. Por fuera, por supuesto. La primera jornada no da para más. Incluimos un par de bocatas comprados en un supermercado Tesco. No es un restaurante, pero cenamos en un banco bajo las campanadas del Big Ben, que es un lujo para unos tipos que, seis horas antes, aparcaban en Salgueiriños de Arriba. Nos vamos a la cama con la intención de madrugar mucho para aprovechar el día. Palabra. El día D Cumplimos lo prometido. Duchados y sin desayunar, salimos de casa a las 6 de la mañana. Resulta que, a esa hora, en Londres ya están las calles puestas, un descubrimiento para los que nos levantamos a las once. Decidimos coger un autobús para ver Camden Town, un barrio con mucha personalidad que es mejor visitar en domingo, pero no tenemos opción. El bus de dos pisos lo cogemos en Vauxhall. Es el 88 y, por una libra veinte por cabeza, hace un recorrido digno de una línea turística: pasamos por delante de Downing Street (nos imaginamos a Blair en pijama); Trafalgar Square...; en Picadilly Circus manda un enorme letrero luminoso de Coca Cola. Los buses anuncian los musicales del momento, El Rey León, Billy Elliot o Fiebre del Sábado Noche. No hay pasajero que no vaya enchufado a un reproductor de música MP3, un aparato que hace furor en Londres. Seguimos por Regent Street, Oxford Circus, la iglesia-cucurucho de Todas las Almas (aunque a esas horas no hay una), Portland Place, con sus edificios nobles, y giramos a la derecha en Devonshire Street. Nada de especial. Bueno, sí: anuncian créditos al 6,7%. Por Euston Road tenemos el sol de frente y vemos, a la derecha, la torre de comunicaciones de British Telecom. A través de Hampsted Road entramos en Camden y nos bajamos. Llegamos a tiempo para ver cómo los negocios abren la persiana y los niños con uniforme esperan el bus del cole. También llevan uniforme dos barrenderos, Peter y George, que nos sorprenden. Peter habla un español correctísimo, conoce Barcelona y sabe perfectamente dónde está Santiago. «Aquí mucha gente hace el Camino de Santiago», dice con su boca llena de dientes negros y descolocados. Desayunamos dos expresos y dos muffins (una especie de magdalenas enormes) por 4,80 libras los dos. Fartura. Recorremos Camden. Nos fijamos en la tienda de trofeos Ambika, que vende perros de porcelana, y en los escaparates de los quioscos, que reproducen en grandes titulares las tragedias de la prensa del día, tan horribles como los perros de porcelana. Gran Bretaña es el paraíso del suceso; que se lo digan a Jack el Destripador que hizo famosa la frase «Vamos por partes». El metro será nuestra arteria el resto del día. Decidimos poner rumbo a Abbey Road, donde grabaron los Beatles y que es un lugar de peregrinación para melómanos. No tiene nada de especial, salvo el fetiche y lo de sacarse una foto en el paso de peatones más famoso del mundo. De camino paramos en Baker Street, donde es elemental, querido Paco, que vivió Sherlock Holmes (al menos, en la mente de Conan Doyle). Es un buen lugar para comprar souvenirs, incluidas las tazas conmemorativas de la boda del orejas. De ahí, al London Eye, la gran noria. Nos sacamos las entradas por Internet con antelación y no tenemos que hacer cola (www.londoneye.com). El vuelo vale la pena. Vistas impresionantes. Con todas las coñas, nos hemos puesto en las doce del mediodía y no llegamos por un pelo al cambio de guardia en Buckhingham. Ya saben, reserven en el Eye para las diez, y sí que llegarán a ver la parafernalia más fotografiada del mundo. El objetivo siguiente, la Tate Modern. El arte moderno puede gustar más o menos, pero la Tate vale la pena, de verdad. Comemos de camino en Pickless, un chiringuito familiar con un punto cutre junto a un taller que repara taxis. La dueña nos enseña las fotos de su familia. Engordamos cinco kilos en quince minutos. Gracias al metro recorremos trayectos impensables a pie. Lo peor son los cambios de nivel, escalera mecánica arriba, escalera mecánica abajo. Pero quemamos las hamburguesas. De la Tate Modern sales al puente del Milenio, que se movía como la Pedra de abalar pero ahora no. Puedes caminar hasta la catedral de Saint Paul. Hacia las tres de la tarde, el fotógrafo se queja de los pies. Pero la vida es sufrimiento. Caminamos de St. Paul al London Bridge. Sofocados, vemos cómo se abre el puente para que pase un barco y nos retratamos con unas chavalas italianas, pero no tenemos tiempo para tonterías. Combinando pies y metro, decidimos acabar la jornada gastando dinero en Oxford Street, el templo del consumismo. Encontramos un futbolín en el pub The Explorer. Nos bajamos sendas cervezas y quemamos tensión en una partida que cuesta una libra. Nos dan las nueve de la noche callejeando. Cansados como burros, nos vamos a dormir. La mañana del día siguiente toca madrugar porque para llegar a tiempo a Stansted hay que levantarse a las siete . Pero vale la pena, no lo duden.