EL BURLADERO
03 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.DE NIÑA deseaba la nieve como agua de mayo. Sólo tuve la suerte de disfrutarla una vez. Tenía 18 años y lo de latar a clase con permiso del profesor no tenía la misma magia que cuando no levantaba un palmo del suelo. Por esas cosas de la edad y del reuma que por suerte aún no tengo, la nieve me llega ahora acompañada de las preocupaciones del tráfico, del frío, de los radicales libres y del temor a coger un resfriado de aúpa. Cuando el periodismo aún no me había traído a esta ciudad vi una imagen de la catedral cargadita de nieve. Soñé con retratarme frente a esta imagen, como si fuesen las pirámides de Egipto, el Partenón o el Monasterio de Petra. La tecnología me permite ahora coger esa fotografía del Obradoiro y colocarme en pleno meollo. Pero no tiene gracia. Lo que importa son las sensaciones y me da la mala espina de que para mí la nieve ya no es romántica.