CRÓNICAS URBANAS | O |

11 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

SIGO con preocupación el aumento, céntimo a céntimo, del precio del barril de petróleo. Ayer superó los 50 dólares, que es más o menos lo que pago por llenar el depósito de mi coche. Una barbaridad, por eso me pongo en el pellejo de los que optaron o se vieron obligados a adquirir una vivienda fuera del municipio. Pienso en una familia que haya comprado hace tres años en Bertamiráns por 120.000 euros y que posee el típico coche de gasolina de clase media. Calculo que desde entonces habrá recorrido unos 60.000 kilómetros, que traducidos a dinero (combustible, revisiones, aparcamiento...) suponen un mínimo de 300 euros mensuales que se escapan a diario por el tubo de escape, además de la consecuente depreciación del vehículo que obliga a sustituirlo cada poco tiempo. La cuenta se multiplica exactamente por dos si ha sido indispensable la compra de un segundo coche. ¿Cuántos millones le hubieran dado a esa familia en el banco si destinase el dinero que gasta en la gasolinera o en el taller a comprar una vivienda en la ciudad? La realidad, dramática a mi juicio, dice que muchos compostelanos exiliados se dejan al mes muchos más euros en una tragaperras con ruedas que en financiar su patrimonio, poniendo en peligro su calidad de vida. Así de crudo.