COMPOSTELANEANDO
17 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.LA CAPACIDAD que nos dan los medios audiovisuales de ver las catástrofes en directo alimenta nuestros miedos, inducidos todavía más por la política que el gobierno de Norteamérica viene alentando desde el 11-S. Tanta advertencia, tal insistencia en la protección, acaba por alarmar en lugar de tranquilizar, nos hace sentir indefensos, débiles y vulnerables. Esa visión de querer presentar la seguridad como un problema estrictamente policial, ignorando que se trata también de un asunto colectivo y psicológico, coloca a cada ciudadano en una situación de emergencia permanente, que se traduce en un incremento de la demanda de todos los servicios de protección y urgencia. Las urgencias hospitalarias están a la orden del día en nuestras vidas, tanto por la imagen estereotipada que de ellas presentan ciertas series de televisión como por la propia experiencia. Las sirenas de las ambulancias rasgan con violencia el rumor del tráfico y los conductores van dejando hueco, en un elemental gesto de solidaridad. En las poblaciones pequeñas este sonido sigue siendo excepcional y nos conmociona, mientras que en las grandes ciudades es tanta su frecuencia que da la sensación de que los automovilistas reaccionan como autómatas. Todos hemos pasado alguna vez por urgencias, donde se pone a prueba la condición humana, tanto la del propio paciente como la de su familia y la de las personas que prestan asistencia. Nuestro cuerpo es como una microcosmos lleno de complejidades bioquímicas difíciles de entender, y aquél que sabe algo de ellas nos ayuda a domesticar la angustia y la conmoción del primer momento. Todo empieza con el teléfono 061, un servicio eficiente, aunque pueda adolecer de exceso de celo al enviar la ambulancia medicalizada cuando a lo mejor se trata de una cuestión de visita domiciliaria que permitiría mantener al paciente en casa. El Hospital Clínico y su servicio de urgencias están bien dotados de medios y tecnología y atendidos por un personal que se esfuerza por mantener la calidad asistencial. Mientras el protocolo clínico o quirúrgico sigue su curso, las horas de espera en aquellas salas permiten fijar los rostros de los acompañantes, que se tardará en olvidar porque están adheridos al dolor. Formamos parte de una sociedad longeva donde, por qué no decirlo, empezamos a vivir demasiado tiempo. Quizá algunas personas a quienes el dolor les hace imposible la convivencia con el propio cuerpo deseen conscientemente la muerte, pero ni siquiera los más devotos creyentes, que esperan alcanzar su paraíso, quieren abandonar por voluntad propia esta realidad material. Ser anciano es ver constreñido el círculo vital a la familia, la comida, la salud y, si acaso, los viajes del Imserso. La bulimia, la depresión y la hipocondría en este tramo de la edad demandan más atención domiciliaria, tanto médica como psicológica, que urgencias y hospital, del que con frecuencia salen fuera de lugar y tiempo. La senectud exige una reflexión, que la sociedad seguro que ya está haciendo: qué vamos a hacer con tanta población envejecida y con tan pocos jóvenes para atenderla, con qué recursos humanos y organizativos la cuidaremos, cómo se va a costear el sistema asistencial. Somos tal vez la última generación que mantiene la mano tendida hacia atrás. ¿Quién nos la tenderá a nosotros?