La relación del Banco de España con Santiago no es una historia de amor precisamente. La construcción del edificio en 1940 fue muy polémica, pero los problemas habían comenzado cuatro años antes con el derribo de cuatro casas de la rúa Xelmírez y dos de la entonces denominada praza de Martín Herrera, hoy Praterías. Según recoge el libro Santiago de Compostela 1850-1950, de los arquitectos Pablo Costa y Julián Morenas, el presidente de la Comisión Provincial de Monumentos de A Coruña comunicó las intenciones de la entidad bancaria, avaladas por el Concello, a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En su dictamen, la institución sí fue demoledora, haciendo mención «al sentimiento que produce el hecho de que una autoridad municipal permita destruir innecesariamente la armonía arquitectónica y el pintoresco ambiente de un típico rincón monumental, de un carácter local inmejorable en una ciudad histórica». El documento incide en problemas técnicos como la altura y la composición diseñada por el arquitecto Romualdo Madariaga de Céspedes. Incluso la alineación del edificio tuvo contestación vecinal, hasta el punto de que las obras fueron paralizadas, con el consecuente enfrentamiento entre el Banco de España y la Academia de San Fernando. Tras leves reformas de la obra, el edificio queda configurado tal como está en la actualidad, siendo evidentes las alusiones en la fachada a los detalles ornamentales barrocos de la Casa do Deán y los pórticos de las rúas más nobles de Compostela. En la memoria colectiva de la ciudad también pervive el atentado de la banda terrorista Grapo, que asesinó a tiros en marzo de 1989 a los dos guardias civiles que custodiaban la entrada del banco. Tras disparar a los funcionarios, los asaltantes intentaron llevarse el dinero que había en la caja fuerte, unos 90 millones de euros (15.000 millones de pesetas). Una chapuza Superado el traumático impacto, comenzaron las investigaciones, que relevaron importantes deficiencias en la seguridad del banco. Fue decepcionante conocer que las cintas de grabación en las que se había registrado el suceso no podían ser reveladas porque estaban caducadas y muy deterioradas. Una de las películas incluso guardaba imágenes de muchos años antes. La ciudad, conmocionada, salió a la calle para mostrar su repulsa por los trágicos hechos. Por lo demás, la relación de la institución bancaria con la ciudad ha sido muy limitada, y en la actualidad el edificio sólo recibe las visitas de los funcionarios y de los vigilantes de las empresas de seguridad con sacas cargadas de dinero. Eso sí, por las noches, especialmente cuando llueve, los soportales acogen a jóvenes que se acercan a este emplazamiento para organizar sus botellones.