Diego Bernal publicó su último artículo en La Voz el pasado 28 de julio. Su título es todo un ejercicio de devoción por la ciudad que lo vio nacer. Lo reproducimos como homenaje a su autor.
06 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Qué hermoso rostro tiene Compostela en estas horas veraniegas cuando se mantiene la llama viva de sus fiestas en honor al glorioso patrón Santiago. No me parecía justo que un servidor de ustedes, compostelano militante, dejase pasar la semana mayor de sus fiestas sin ofrecer unas prosas a esta vigencia santiaguista. El viejo caminar de los peregrinos sigue inspirando la construcción de Europa bajo el signo de Santiago. Si fue en la Edad Media cuando el sepulcro llamó a los pueblos a la articulación europeísta, ahora el simbolismo de esta ciudad constituye la esencia ética y estética de esa misma Europa. La catedral, inmensa fábrica de granito, sigue imponiendo su imperio, las rúas, las plazas, las fuentes, los pazos, las iglesias forman esa armonía, que es propicia para soñar misterios y para sentir la magia del encantamiento compostelano. Aunque lo que es intrínsicamente santiagués sólo se asoma porque ha escogido el rumbo pacífico de las vacaciones, pero la esencia de la ciudad prevalece, sonríe, aprovecha el sol con la conciencia de que siempre es escaso. Se revela en las mañanas del palpitar de las rúas, se escucha bulliciosa en la praza de Abastos, se detiene en los viejos cafés o goza del encanto de la Alameda. Es esta hora de Compostela entrañable, amistosa y en la que cualquier encuentro es siempre posible. Por cierto, cuando cruzo la Caldeirería me encuentro a un viejo amigo, Fray Antonio Peteiro, que es Arzobispo de Tánger. Tiene una larga biografía compostelana, goza con la sombra de esta ciudad y está particularmente feliz, ha venido al Apóstol y cumpleaños centenario de su madre en San Pedro de Mezonzo, donde nació el obispo inventor de la Salve. Bendición Me cuenta el señor arzobispo su peripecia de cristiano viejo y bueno en tierras de moros. Le ruego que por su alta dignidad episcopal lleve mi bendición a la casa franciscana de Compostela, eso sí, le encarezco que todas las indulgencias sean de la forma acostumbrada, menos las dedicadas al padre Isorna, que deben tener un valor especial por sus excelsas virtudes. La Compostela provinciana de esta hora está aquí retratada en su conjunto, presidida por la fachada del Obradoiro, que siempre domina, que impera, que desafía la marcha de las sombras que van a refugiarse en el Pedroso. Es Compostela, en este verano con poco sol, estampa de una eterna vigencia, conjuro de amor en la tierra. En el viejo Derby me falta el encuentro con Carlos Casares, con el que siempre hay una ocasión para hablar y conocer la vida en dimensión entrañable de sabiduría literaria. Es este momento el de la plástica compostelana, el que impone su dignidad de encuentros amistosos. Ciudad de referencias poéticas, que son fáciles de recordar porque la piedra las conserva como testimonio de vitalidad. Compostela, en su permanente transición, es la de esta hora, la que va y viene al ritmo de las campanas, al arrullo del agua de las fuentes, al amparo de la sombra de torres. La Compostela de intimidad y sosiego, la Compostela de este justo instante se me hubiera ido si no fuese posible escribir estas prosas en su honor y gloria.