La penitencia de ir a Ribeira

La Voz

SANTIAGO

ANXO ABALO

Las obras y la mala señalización despistan a numerosos conductores que se desplazan desde Compostela a Barbanza Es un despropósito. Ir de Santiago a Ribeira se ha convertido, por obra y gracia de las obras, en una travesía interminable en la que uno se queda con la sensación de que alguien le está tomando el pelo. Durante el pasado fin de semana fueron tantas las protestas de conductores que se perdieron que, por fuerza, había que comprobar qué es lo que ocurre. Y ocurre que hay obras, que la señalización, cuando existe, es una absoluta chapuza y que los guardias que podrían ayudar sólo se dedican a poner multas. Con este panorama, más vale armarse de paciencia. Pruebe, pruebe, es una experiencia que recordará.

05 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

NACHO MIRÁS SANTIAGO Uno se viste el traje de dominguero y se dispone a disfrutar de una jornada de playa en Aguiño. Sonrisa, buena música y compañía insuperable. Autopista hasta Padrón. Sin problemas. Pagas el peaje, le das los buenos días al cobrador y avanzas. Sigues las indicaciones hacia Ribeira; pasas Dodro y llegas al cruce donde puedes escoger entre la carretera de toda la vida y la que te conecta con la vía rápida. Escoges la segunda, que para eso es rápida. Ninguna indicación te advierte de la sorpresa. Llegas a una rotonda en obras. Se acabó, estás perdido. Todas las salidas están cerradas con vallas y señales. Das una vuelta a la rotonda, a ver si se te ocurre algo. A la segunda vuelta, cuando otros igual de perdidos te siguen, tomas la única opción que está abierta y que no sabes a dónde te llevará. Malo será. Y tan malo. Cuando te das cuenta estás sobre un puente, hay un drakar vikingo en el agua y unas torres que resultan familiares. ¿Será Oslo?: No, ¡Catoira! Con ese panorama, decides dar la vuelta. Y vuelves a llegar a la rotonda, donde sólo tienes la opción para volver a Padrón. El tráfico es lento y todos han pasado por la misma experiencia. Los conductores se detienen buscando pistas. Al final, acabas de nuevo en el cruce para coger la carretera vieja, la que va por Bexo y Taragoña. Sabes que por ahí también llegarás a Ribeira, pero has perdido mucho tiempo y mucha gasolina para visitar unas obras; y como no eres conselleiro, ni falta que te hace, maldices y revientas. Por fin, después de recorrer media Galicia y de ver vikingos, llegas a Ribeira. Y te das cuenta de que a todo el mundo le ha pasado lo mismo. El mar y el sol te relajan, pero es temporal. La vuelta a Santiago es otra odisea de advertencias confusas, salidas recomendadas y una opción final en la que Padrón está señalizado tanto a la izquierda como a la derecha. Acabas en un stop interminable en la vieja carretera de Taragoña y vuelves a maldecir. Te han amargado el día de playa. Y escuchas en la radio: «Galicia a punto». Eso, el buen humor que no falte.