Ante cualquier partido de Uruguay, hay que aprestarse al instante frenético. Habita el fútbol de ese país un agonismo, un destino que aboca al vértigo, que debe de proceder de las imperecederas reverberaciones del maracanazo de 1950. En Sudáfrica segregaron adrenalina de la mano de Luis Suárez en el área, evitando el gol de Ghana en el último minuto de la prórroga, y provocando el penalti que falló Asamoah. Y, para eliminar a Italia en el pasado Mundial, también salivaron rabia los dientes de Suárez apurando la carne de Chiellini. Lo sancionó la FIFA, pero volvió a Uruguay como un héroe. Y Mujica y los descamisados salieron a recibirlo al aeropuerto de Carrasco, casi en un remedo del aterrizaje de Perón en Ezeiza.

Ayer no fue la tarde de Suárez. Sin manos, sin dientes, con la pierna turuleta o medio esfinge, fallando goles de pibe sin desmamar. Así que la taquicardia uruguaya la puso Giménez: con el Atlético había hecho un gol en 1.684 minutos. Estaba esperando al 90 en Ekaterimburgo ?un lugar del demonio, donde los bolcheviques fusilaron al zar y a su familia? para recordarle a Egipto que todavía manda papá.

Irán es esa selección capaz de embarrar la hierba de Wimbledon. Cualquier equipo confrontado con estos once iraníes de la Guardia del Pasdaran se afea y se deforma. El Brasil de Sócrates y Falcao parecería un cuadro de Egon Schiele tras soportar 90 minutos a estos taladradores de la belleza. Qué les voy a contar de un Marruecos inane. Les dieron peor trato que a los rehenes de la embajada yanqui en Teherán. Y al final, matarile. No es gran ganga jugar contra Irán.

España realizó una tarea titánica. Un enfermo con depresión aguda que por dos veces se quitó la mortaja. Pero sufrió un penalti sobre Cristiano más que dudoso, juventino. Por inercia. Y una reencarnación traumática en De Gea de los espectros febles de guardametas defenestrados no hace un mes: Ulreich y Karius. España mordió con elegancia coral. Ronaldo apretó las mandíbulas mercuriales. El espejo cóncavo de la caníbal y canina ley del fútbol.

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