Fue una idea genial. Mostrar al mundo los apaños ingeniosos y los objetos que los gallegos reciclamos y tuneamos para solucionar problemas puntuales y necesidades vitales.
Se pidió colaboración ciudadana. Y empezaron a aparecer tesoros: un muñeco emparedado en un cobertizo de Chantada que remedaba al popular Manneken Pis de Bruselas; un horno reutilizado como buzón de correo en una casa de la Ribeira Sacra; mil y una marquesina multiusos; hórreos multicolores, misteriosas puertas al vacío en edificios, señales artesanales... Todas fueron publicadas en www.lavozdegalicia.es. Y se convirtieron en un éxito, admirado incluso mucho más allá de Pedrafita.
Las chapuzas gallegas cumplen nueve años. Más de 700 fotos después no dejan de sorprender. Estas curiosas imágenes de cierres de fincas y artilugios disparatados para hacer churrasco despiertan la sonrisa de cualquiera que entienda la retranca y tenga algo de sentidiño, pero también han levantado cierta polémica, sobre todo entre los defensores del feísmo, que aunque no lo crean, existen. Conviene dejar claro que las chapuzas, que se han convertido en un fenómeno viral, no gastan ni boina ni birrete, que son tan rurales como urbanas. Al fin y al cabo son genuinamente gallegas, y por lo tanto, universales.