Secretos de Estado


Aquella mañana, al salir a la calle y ver su reflejo en el escaparate de la boulangerie de Monsieur Vasseur, se percató de que no se había peinado. No le dio más importancia. Siempre había sido muy despistada.

Hacía unos días, se había sorprendido parapetada frente a la puerta de la Biblioteca Nacional, cerca del centro, junto al Sena, sin saber muy bien por qué estaba allí. Y la semana pasada había estado un buen rato mojándose bajo una lluvia fina esperando Dios sabe qué -aunque no le importó demasiado, ya que una de las cosas que más le gustaban del mundo era el olor del asfalto mojado después de la lluvia, sobre todo en verano, cuando subía en forma de vapor por el contraste entre la temperatura del suelo y la del agua que caía del cielo.

Unos dedos diminutos y suaves la cogieron de la mano derecha e intentaron arrastrarla sin éxito:

-Abuela, vamos, que se hace tarde. Mamá seguro que ya tiene preparada la cena.

Ella la miró con desconfianza: «¿Abuela? ¿Qué quería decir? ¿Y sus amigas? ¿Dónde estaban? No se movió ni un milímetro, jugaban a las estatuas y no quería perder. Además, aquella niña no era ninguna de sus amigas, ni siquiera recordaba haberla visto por el barrio».

Otra mano, esta vez grande y rugosa, le acarició el antebrazo izquierdo. Ella lo miró a los ojos de forma inquisitiva y él le devolvió una mirada llena de ternura. Ahora sí, tenía la certeza de que sus secretos estaban a salvo con ella.

Raquel Puente Carballo. Periodista. 47 años. Tarragona

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