Rianxo. El cielo anaranjado, el sol poniéndose en el mar. En una taberna en el puerto, ante una jarra y varias tazas blancas, tertulia de navegantes. Hablando de diversiones, el de la barba plateada contó: «A las afueras de Valencia, dentro de un recinto amurallado donde se ubicaba una alquería, en un claro entre naranjos y limoneros que perfumaban de azahar el Levante sosegado, otra edificación albergaba un cabaret, en el que estuve una vez».
Finalizando la cena, con la orquesta tocando rumba, unos exhibieron en la pista sus dotes de bailarines, otros llevaron el compás con los cubiertos en las copas o las manos en las mesas. Pero fueron las artistas quienes a continuación caldearon el ambiente y dieron a aquello adecuada dimensión de lo que era: un espectáculo de abundantes picardías y desbordante de glamurosa sensualidad. Así, alternando interpretaciones orquestales con pases de escenario, fue transcurriendo la noche; por otra parte, regada con champán. Tanto, que muchos invitaban sin parar a las artistas con las que bailaban, se sentaban a una mesa o se iban a tomarlo en la intimidad de un reservado (estancias interiores).
Ya de madrugada, a modo de fin de fiesta, las artistas se lo vertieron unas a otras en el canalillo de entre los pechos. Burbujeante, corría cintura abajo hasta empaparles la foresta de Venus (recortada con forma de corazón), de la que caía a fino chorro; y con la fruición que un ofrecido bebe el agua de una fuente milagrosa, unos llenaban sus copas, otros bebían a morro.
El taxista que me trajo a bordo, motu proprio, comentó que los cabarets estaban de moda, y divertirse en ellos no era cosa mal vista, sino, digamos, normal. A la pregunta de cómo las artistas podían beber tanto champán, respondió que lo echaban en las cubetas enfriadoras, de lo que los clientes, encandilados, no se percataban. O sí, pero se lo consentían. Sabían que sus ingresos provenían mayormente de la facturación de bebidas.
Vicente Castro Rial, jubilado, 75 años, Vigo.