Seguramente siempre había necesitado escribir algo así. No lo sabía. Hoy lo sé. Me lo ha susurrado a gritos en mi sueño una maestra que me amenazaba con su tiza: escribe un relato que incluya los términos poesía, Chernóbil, mantelería, biblioteca y Jezabel.
¡Estoy completamente perdido! Menudo galimatías de palabras al azar que no hacen más que resonar en mi cabeza.
Repiquetea el bolígrafo sobre el papel, como si de escritura automática se tratase, y sobre la hoja se abalanzan letras y más letras que se apelotonan para convertirse en palabras, algunas de las cuales se esforzarán por descollar en este maremágnum.
A mí, mantelería me suena a falda que levanta el viento, o, quizás, a aquel niño pequeño que correteaba debajo del mantel de la mesa.
Gravita sobre mi mente una definición para biblioteca como el lugar donde los anhelos no satisfechos quedan enterrados entre montañas de erudición tangible, difuminándose entre hojas y hojas agostadas, perdiéndose en párrafos aislados hasta que no son más que palabras olvidadas, o aun más terrible, palabras comunes, sin personalidad.
Poesía son los momentos que compartes con alguien que te hace sentir bien, que te ayuda a mejorar de forma continua o te lleva de la mano al colegio.
Chernóbil ejerce una fascinación innegable en mí, aunque también está su malditismo como lugar abandonado, convirtiéndose en una especie de pozo al que arrojar sin miramientos los pecados inconfesables, las malas experiencias, los yerros, los rencores inefables…
A ver cómo ligo todas estas ideas, retazos de una vida…
De la biblioteca cojo un libro de poesía del que cae una foto. Un nombre y muchos recuerdos se agolpan de repente. Es un selfie de Jezabel de su viaje a Chernóbil. Como un liquidador acudo raudo a ocultarla en el cajón donde está la mantelería.
Pablo Saiz Santiago, ingeniero de caminos, 42 años, Valladolid.