Cuenta atrás

María Campo

BARRO

La fiesta de la democracia se acerca. Los candidatos hace días que han sacado su mejor sonrisa y la pasean por doquier. Los posados de foto, algunos realizados por algún enemigo, ondulan en las farolas. Mítines y reuniones se suceden por aquí y por allá. Promesas y medias verdades amenizan los discursos. Chantajes y amenazas escondidas tras buenas palabras embadurnan de barro la buena fe que se presume en la actuación política, pero que no se asume como forma de actuación.

Las constantes apelaciones al pasado son utilizadas por los políticos como arma arrojadiza, como si de él dependiese siempre el presente, olvidándose de que el futuro se construye asumiendo los errores, pero sin perderlos de vista para no repetirlos.

Encuestas y escrutinios les quitan estos días el sueño a quienes están más preocupados por sí mismos que por los demás. Cruces de acusaciones y reproches son la base de cualquier argumentación. En política, los buenos oradores escasean y el «más de lo mismo» acaba por invadirlo todo.

Estamos de fiesta, sí. Porque la democracia permite que el pueblo soberano hable, aunque solamente nos dejen hacerlo a medias. Cada cuatro años, los escépticos como yo, celebramos que otros tantos han pasado y que quizás, en los venideros, las cosas efectivamente cambien, las promesas hechas por los políticos en cuestión finalmente se cumplan y que el pueblo sea el que verdaderamente se haya pronunciado con libertad y seriedad.