Nueva vida para Almacenes Clarita después de 105 años vendiendo en el corazón de Pontevedra

Las obras del inmueble donde está la tienda le obligan a moverse temporalmente a Manuel Quiroga


pontevedra / la voz

Después de más de cien años subiendo la verja de los almacenes Clarita en A Ferrería, la histórica tienda está de mudanzas. A mediados de febrero se trasladarán al número 9 de la calle Manuel Quiroga hasta que finalicen las obras del edificio en el que un nieto y un bisnieto de su fundadora, Clara López, siguen trabajando a diario. «Es la primera vez que nos movemos de ubicación, pero la constructora no podía garantizar la seguridad de seguir aquí durante las obras», explica Adrián García, que estos días está preparando el traslado junto a su primo, Miguel Cimadevila, y Alejandro y Sergio, dos empleados, que llevan toda la vida detrás del mostrador. Estos días falta Chelo, que lleva trabajando con ellos desde los 15 años y ya tiene 60.

Aunque Clarita se ha hecho fuerte en A Ferrería en los primeros años del siglo pasado -abrió en 1.916-, la tatarabuela de Adrián, María Santiago, ya hacía sombreros de paja en los soportales del edifico de los sindicatos para vender en la antigua feria que se celebraba en este lugar. Ella puso el germen de una tradición que perdura décadas después. Así que esta familia está vinculada al corazón de la ciudad desde hace más de cien años. «Trasladarse es un gran cambio después de 35 años viendo cada mañana A Ferrería y San Francisco», dice Miguel Cimadevila, que lleva desde niño implicado en el negocio familiar. Ahora ha tomado las riendas Adrián García «porque hay que ponerse en manos de gente joven y más preparada».

Estos días apuran el traslado a la nueva ubicación y quieren hacerlo con la menor carga posible. «Las rebajas son en enero y febrero y los descuentos más agresivos son al final, pero este año los hemos adelantado para empezar en la nueva tienda con la colección de primavera», explica Adrián García, que quiere que este traslado también signifique un adiós al invierno y a todo lo que estamos viviendo. Y ellos no se quejan. Al salir del confinamiento recuperaron pronto el ritmo por esa necesidad que surgió de darle un aire nuevo a las casas. «Tenemos de todo, sábanas, mantas, protectores de colchones, hacemos cortinas y las instalamos. Intentamos que el negocio siga siendo rentable», comenta Adrián, que como buena parte de los negocios de la ciudad han tenido que acogerse a un préstamos ICO y poner a la plantilla en ERTE para capear uno de los años más difíciles de su historia. Ahora solo tienen ya esta tienda de 300 metros cuadrados en los soportales de A Ferrería, pero antes de que las grandes cadenas textiles se instalasen en la ciudad llegaron a tener cuatro locales y más de 20 empleados. Miguel Cimadevila recuerda muy bien esa época. Tenían sección de caballero, mujer y tejido. Esta última es la que ha sobrevivido al paso del tiempo y trabaja para durar otros cien más. «Sobrevivimos gracias a la clientela que tenemos, esto no son unos grandes almacenes, aquí aconsejamos, ayudamos y echamos una cháchara con el cliente. Siempre es importante la educación», apunta Miguel, que reconoce que le provoca nostalgia pensar en cambiar de calle después de mamar desde niño un negocio que va en la cabeza y en el corazón. Él ha sido testigo del paso de los años y recuerda esa época en la que había más de veinte empleados y atendían a mucha clientela del rural y de los municipio vecinos. «Antes había gente que venía de Sanxenxo, Portonovo o Vilagarcía, pero estos concellos tienen ahora sus negocios», comenta Miguel, antes de seguir embalado parte de una historia que ahora continuará temporalmente en Manuel Quiroga. 

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