«¡Pensé que yo inventara el Camino y qué va!»

Tino Lores es un hombre a un sombrero pegado. A veces, habría que quitárselo ante los retos que alcanza


pontevedra / la voz

Quedar con Tino Lores, presidente de la Asociación de Amigos del Camino Portugués, es tener una cita con un elegante señor de sombrero que cede el paso en la puerta, que sonríe con los ojos y que habla con entusiasmo pero, sobre todo, que nunca ve el vaso medio vacío. Toda una especie en extinción en estos tiempos en los que el patio anda revuelto. A Tino la pandemia le ha tocado (que no hundido) a su criatura. Él, junto con otras personas, es uno de esos Quijotes que se empeñó en ver una oportunidad económica descomunal en el Camino Portugués y que luchó para poner en boga la ruta hasta lograrlo. En ese Camino luso, a la sombra del que nacieron decenas de negocios, ahora, por obra y gracia del coronavirus, vuelven a contarse al por menor los peregrinos. Pero por un hijo se hace todo. Así que Tino, que tiene un corazón a prueba de infarto, se toma la crisis como lo que debe ser: una gran oportunidad para hacer las cosas mejor.

No le cuesta a Tino poner el contador a cero y pensar en la primera vez que coqueteó con el Camino luso. Era aún un adolescente imberbe: «Fíjate, pensé que yo inventara el Camino Portugués y qué va... en el año 1965, cuando tenía yo 14 años, hicimos ya una peregrinación un grupo de chavales desde Valença a Santiago, por la carretera, claro. Íbamos con aquel Frente de Juventudes de entonces y hasta nos hicieron un vídeo para el NO-DO. Coincidía con el Año Santo».

La experiencia debió gustarle. Porque diez años después, tras acabar Magisterio y aprobar las oposiciones, le dijo a su familia que para celebrar que ya tenía plaza como profesor debían peregrinar juntos a Santiago. Lo raro es que le hicieran caso. Pero así fue: «Nosotros éramos ocho hermanos y allá fuimos toda la familia y mi padre de coche escoba. No sabes cómo lo pasamos, y eso que yo quería peregrinar a pan y agua... pero, claro, la cosa al final se fue quedando en agua y bocatas con algo dentro... Hicimos desde Padrón a Santiago de una tirada por carretera y luego tuvimos que volver en tren», explica mientras pone una cara de ilusión como si acabase de vivir la experiencia ayer por la tarde.

Estas rutas iniciáticas le marcaron. Y, cuando en 1991 volvió a vivir en Pontevedra y decidió hacer su primera incursión en política, ya se preocupó de colar en el programa electoral la recuperación del Camino Portugués, algo que sonaba a chino entonces tanto a los políticos como a la ciudadanía. Pero él lo tenía claro. En 1993, llegó la creación de la Asociación de Amigos del Camiño Portugués y con ella los cimientos de una lucha muy larga para conseguir que la ruta fuese cogiendo forma. A Tino jamás se le irá de la memoria un nombre y un apellido, Álvaro Franco, que fue el primer peregrino que se hospedó en el albergue público de Pontevedra. «Era portugués y cuando lo vimos llegar respiramos aliviados. Le estábamos esperando con los brazos abiertos. Entonces, contábamos con los dedos de la mano los peregrinos», explica con emoción.

Aquel primer peregrino

Corría entonces agosto de 1999. Ha llovido desde entonces y, gracias al esfuerzo de muchos hospitaleros voluntarios, de la asociación y también de las instituciones, el Camino Portugués se ha erigido como uno de los bastiones del turismo en las Rías Baixas. La ruta tiene que demostrar ahora, tras el envite del coronavirus, de qué pasta está hecha. «La verdad es que hasta ahora que me puse a pensarlo no me había dado cuenta de que estamos un poco como en el año 1999, cuando esperábamos en la puerta del albergue a los peregrinos porque no venían. El otro día también estábamos a la espera del primer huésped tras el covid para aplicar el nuevo protocolo y para demostrar que el Camino ahí sigue. Hay que tomar esto como un reto, el Camino es esperanza», enfatiza Tino Lores.

Habla así e, instintivamente, se remanga la camisa azul que lleva puesta. El sombrero, ese complemento que como él dice «no se pone, se lleva» y que le acompaña desde 1998, ya lo ha dejado encima de la mesa de la cafetería al inicio de la conversación. Amante de las buenas maneras, no tiene duda de en qué momento ha de retirar su sombrero, que según el día puede ser informal o tratarse de su querido Borsalino comprado en Nápoles. Tiene más de veinte distintos y los ha preferido pese a que entraban en conflicto con la pantalla de protección que le era más cómoda que la mascarilla. Al acabar la charla, recoge su sombrero y se va. Y uno siente ganas de quitárselo ante su riquiñismo desbordante.

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