Una Luz al final de muchos gritos desesperados

Esta mujer, que quiso ser misionera, es soldada de la solidaridad; «Mi gente son los necesitados», señala

.

pontevedra / la voz

«Nuestros hijos se mueren, estómago vacío. Tú lo ves por la tele después de haber comido». Así reza la letra de una canción de Celtas Cortos que aguanta bien el paso del tiempo y que a veces es dura de escuchar porque nos obliga a bucear dentro de nosotros mismos y a pensar en todas esas ocasiones en las que miramos para otro lado ante las necesidades de los demás. Pues a Luz Moldes eso no le sucede. O no debiera ocurrirle. ¿Por qué? Porque esta mujer, natural de la parroquia pontevedresa de Lérez, milita en la primera división de la vida solidaria. Reconoce que «su gente» son las personas con necesidades. Y por ello, en lugar de una jubilación tranquila, vive pendiente de buscar alimentos, ropa o dinero para familias sin recursos. Lo hace saltándose, muchas veces, barreras burocráticas y de todo tipo. Y lo hace, ella misma lo dice, sin pelos en la lengua. «Me gustan las cosas claras», señala, tras advertir que ella no debería ser protagonista de ninguna entrevista, que lo que hace «es lo que hay que hacer, ayudar y listo».

A Luz lo de echar una mano al prójimo le viene de lejos. Era prácticamente una adolescente, había empezado a trabajar ya en los míticos almacenes textiles Olmedo pontevedreses, y sus jefes la animaron a participar en lo que entonces se llamaba Acción Católica. Vio que las necesidades eran muchas. Y prendió en ella la idea de ser misionera. «Llegué a entrevistarme con un sacerdote para marcharme a las misiones, pero al final no fui. Yo no quería ir por la cuestión evangelizadora, sino por las necesidades que veía en muchísimos países», indica. Se quedó aquí. Y de Acción Católica pasó a formar parte de Cáritas, una entidad a la que lleva media vida ligada, ora como voluntaria ora como trabajadora. Fue, por ejemplo, la primera responsable del albergue de Monte Porreiro. Pasó por las oficinas, por el ropero... podrían enumerarse muchas cosas de las que hizo. Pero da igual. Lo que llama la atención de Luz es otra cosa. Es su implicación con las personas a las que ayuda. Es una convencida de que para prestar auxilio social hay que empezar por «darle dignidad a quien pida ayuda». Así que no hace demasiadas preguntas, solo las necesarias. Ni le gustan las colas de personas para pedir alimentos o ropa. «Nadie tiene por qué saber la vida de nadie, aquí en Lérez, que somos un equipo de diez personas las que estamos llevando Cáritas, se habla con cada persona por separado», manifiesta ella. ¿No tiene miedo a que le tomen el pelo, a dar auxilio a personas que no lo necesitan? «Puede ocurrir, pero pasa muy poco. Y si tengo que pecar de algo prefiero pecar de eso, de que me tomen por tonta. Supongo que alguna vez me pasó, pero me da igual», señala.

No se muerde la lengua. Dice que está harta de que haya personas que crean que «quienes no tienen recursos deban andar con ropa rota y de mala manera para merecer ayuda. Yo no creo en eso, creo en que merecen una vida como los demás», insiste. Y pone ejemplos: «Hay quien te dice que alguien que pide para comer luego tiene un móvil. Y yo digo: ¿Y no tenemos hoy en día todos un móvil, no lo queremos, por qué algunos sí y otros no?».

El reparto de fruta

Reconoce que a veces lo políticamente correcto no va con ella, que no le importa tocar decenas de veces a las puertas de empresarios para rogar un contrato de trabajo para una persona excluida del mercado, que sus amigos saben que siempre les va a pedir algo porque siempre va a haber alguna necesidad a la que hacerle frente, y que a su familia también le toca arrimar el hombro. Con un estilo propio, muy cercano pero también muy firme, ha conseguido cosas sorprendentes. A Lérez llegan 22.000 kilos de fruta al mes que Luz y las demás voluntarias de Cáritas se encargan de repartir, además de a las personas necesitadas de la parroquia, a 21 entidades de toda la provincia. ¿Cómo es eso posible? «Pues siendo muy pesada, llamando a muchas puertas, moviéndome por todas partes», señala Luz con sonrisa.

Es media mañana y Luz dice que tiene que seguir con su trajín habitual. Desde que hace seis años se jubiló se pasa los días buscando fórmulas de ayudar. A veces acompaña al médico a alguna persona que lo necesita. Otras recibe en su casa a alguien que precisa un bocadillo. Otras más trata de parar un desahucio. Y en muchas ocasiones pone freno a la desesperación de las familias con abrazos o simplemente escuchando. Dice que su familia, su marido, sus dos hijas y sus tres nietos la apoyan, aunque alguna vez la mandan frenar. «Es cierto que me dicen a veces que basta ya, que pare un poco. Pero no puedo y ellos lo saben», dice.

Luz, así como no hace muchas preguntas, tampoco le gusta dar demasiadas respuestas, sobre todo si son de su intimidad. Hace una excepción y rescata una curiosidad. Fue atleta y llegó a llevar el equipo femenino de la Gimnástica. Quizás se estaba preparando para la carrera de fondo solidaria que fue luego su vida; una carrera que, afortunadamente, sigue sin ver la meta.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Una Luz al final de muchos gritos desesperados