Recibir los 102 años con una cabeza a envidiar

Además de leer y coser, Maruja Solís invierte en bolsa y, si hace falta, regatea con signos en otros países

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o grove / La voz

Al llegar a su casa, a Maruja Solís le interrumpo la lectura. «El oculista me dice que puedo leer todo lo que quiera pero yo noto que la vista se me cansa», señala mientras apoya en la mesa La niña alemana y las gafas. Está estupenda. Luce una chaqueta hecha por ella misma y habla de su vida con un precisión de nombres y fechas envidiable. Y eso que la suya es una existencia muy larga. El próximo lunes, día 30, cumple 102 años. «Te adelantas una semana», bromea. Estos días no está saliendo de casa pero señala que lo habitual es que vaya a dar un paseo. «Es conveniente», afirma. Sin embargo, un traspié la mantendrá al calor del hogar hasta que se recupere. «Fue un caída muy tonta. Desde hace unos meses uso andador pero lo dejé para ir al patio y me caí», indica mientras señala la venda. El golpe no le quita la sonrisa, a Maruja Solís no le faltan aficiones.

 Aunque ahora vive en Pontevedra con la menor de sus tres hijos, María Jesús Fernández, gran parte de su vida transcurrió en la comarca de Arousa. Los destinos de su padre como guardia civil marcaron el ritmo de la familia durante unos años. «Aunque él era extremeño, lo trasladaron a Paradela de Meis, donde conoció a mi madre. De ahí se fueron a Vilagarcía y luego a Valga, donde nacimos mi hermana la mayor y yo. El siguiente destino fue Cambados, donde estuve hasta los diez años, y luego ya O Grove», resume una primera etapa en continuo movimiento. En la tierra de los mecos pasó la mayor parte de su vida, aunque relata que estuvo a punto de dejarla por amor. Finalmente, fue su difundo marido el que logró instalarse allí definitivamente. «Yo ya tenía el taller consolidado pero a él, que era maestro, le asignaran A Graña», relata. Un nuevo destino al que precedían otros como Forcarei y Dena y que ya les habían separado.

Inicios en la costura

Aunque estaba decidida, haber dejado el taller hubiera sido para Maruja Solís un trago amargo. Comenzó con las clases de costura a los catorce años y su negocio funcionaba a la perfección gracias a las horas de dedicación. Era, además, algo vocacional. «Si hubiese tenido la posibilidad de estudiar, habría sido enfermera, pero la costura me gustó siempre. Ya de pequeña hacía los vestidos para las muñecas de mis hermanas», cuenta. También recreaba para ellas los complementos que llamaban su atención. «Imitaba los sombreros de doña Susana, una mujer francesa muy elegante», recuerda. Precisamente para la hija de esta mujer haría con el paso de tiempo uno de sus primeros encargos, precipitados por una convalecencia de su profesora.

Aunque ya jubilada, la costura sigue siendo parte de su vida. Este año hizo un vestido y un abrigo para su hija. «Está bien seguir teniendo prendas que no se encuentran en otros lados. Son más exclusivas», comenta. Sobre la otra vocación de su vida, terminó ejerciéndola de alguna manera. «Aprendí a poner inyecciones en un momento en el que las necesito mi marido y la presencia de un único practicante en O Grove hizo que les ayudase. Allí me iba con la tartera para hervir la aguja... puede que pusiera más inyecciones que me hija, que es enfermera», ríe, al pensar en las vueltas que da la vida. Unas vueltas que con el paso de los años la trajeron a Pontevedra, a donde acudía de pequeña con la familia para visitar a un amigo de su padre. «También era extremeño y, al estar los dos fuera, era como si fuesen familia», afirma.

Aficiones

En la capital de las Rías Baixas, mantiene sus aficiones. A la lectura, le suma las inversiones en bolsa. «Comencé de mayor, al morir mi marido. Tenía algún dinero y quería sacarle rentabilidad. Ahora sigo porque no se puede vender sin sentido y las acciones están bajas», señala sobre su rutina diaria de comprobar la evolución de la bolsa y estar pendiente de los acontecimientos que la puedan hacer temblar. También habla cada día con su hermana pequeña, Pepita. Con ella y unas amigas se apuntó a los dos viajes en crucero que organizó la Diputación en los últimos años. Venecia, donde montaron en góndola, Florencia, Ibiza, Saint-Tropez, Túnez y Estambul son algunos de los lugares que visitaron. También Santorini. «Me encantaron sus casas y sus estrechas callejuelas con los tendales que van de un lado a otro», recuerda Maruja Solís. Sobre la complicación por los idiomas indica que «con el de los signos hasta regateamos». Es fácil creerlo, a sus casi 102 derrocha vitalidad.

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