Una vida con Senegal en el corazón

Abdoul Gueye arribó hace quince años a Pontevedra en busca de mejor fortuna, cuidando de su familia en el camino

Abdoul trata de viajar a su país siempre que puede para cuidar de los suyos.
Abdoul trata de viajar a su país siempre que puede para cuidar de los suyos.

Pontevedra / La Voz

Abdoul Gueye camina sin prisa. peina ya los 42, aunque cueste echárselos. Llegó a España buscando una oportunidad para su familia, asumiendo ese peso, solo, sobre sus hombros. Su mujer e hijos se quedaron en Senegal. Todos los meses, religiosamente, reciben el ingreso que Abdoul les envía. El sacrificio de dejar una tierra para mejorar la vida de tu descendencia asemeja ser lo habitual en la comunidad senegalesa de Pontevedra. Abdoul es simplemente uno más, aunque la historia se repite entre sus compañeros.

«El tiempo pasa muy rápido», reconoce el senegalés. «Llegué poco antes del mundial de Corea y Japón, en el 2002. Perdimos contra Turquía, en cuartos». De aquellas, una gran comunidad negra convivía en la calle Fernando Olmedo; él también. Cuando su selección logró pasar de octavos, los vecinos salieron por la ventaba y pensaron que era España la que había pasado, claro que las banderas tenían, además del rojo y el amarillo, el verde. Abdul lo recuerda sonriendo.

Se dedica a la feria ambulante. De aquí para allá, vendiendo diferentes productos. «Las facturas siempre llaman a la puerta», reconoce sabiamente. Dice que no se queja porque al menos tiene trabajo, que es a lo que vino, aunque le entristece ver cómo han cambiado los tiempos. «Antes solo nosotros estábamos en las ferias. Ahora hay una competencia feroz por coger un puesto. No es bueno. Algo ha ido mal cuando la gente que nunca pensara trabajar de esto, ahora lo intenta».

Echa de menos a su familia, claro. Su mujer y sus hijos están en Senegal y, aproximadamente una vez al año trata de volver a verlos. No es un viaje barato. Aquí no está solo, al fin y al cabo, fue su hermano quien consiguió traerlo a España con un contrato de trabajo. «El visado es difícil de conseguir. Al menos el de residencia, el que te deje vivir aquí. Una vez lo tienes, todo es más fácil», narra Abdul. «Aquí ya he hecho una vida. He trabajado, he estudiado, he sacado el permiso de conducir... Pero uno siempre echa de menos Senegal».

Tiene pensado presentarse en algún momento a la prueba para obtener la nacionalidad, un examen teórico, de cultura general y lingüística que no resulta nada fácil para un inmigrante, incluso tras residir más de una década en nuestras fronteras. La dificultad más alta la encuentra en las preguntas gramaticales y de léxico, y es que no es lo mismo hablar una lengua que escribirla, y ahí Abdoul dice sentirse algo más incómodo. También se incluyen preguntas de actualidad o de interés general, como quién es el actual vicepresidente del Gobierno, cada cuánto tiempo elegimos a los miembros del Senado, o a qué institución informa de su gestión el Defensor del Pueblo. «Tengo compañeros que se presentarán pronto pero yo no tengo mucho tiempo para prepararlo».

Evita decir mejor o peor cuando compara España y su tierra. Opina que son modelos de vida tan diferentes que no podría decidir si uno es mejor que el otro. «Aquí, hay más dinero, hay otras cosas, pero la gente tiene mucha prisa, vive de otra manera. En Senegal hay otro tipo de calma, otra forma de ver las cosas. Lo bueno de aquí es que ir al médico es gratis y las medicinas suelen ser baratas, allí es más caro, o tienes que pagar por ello, pero la gente también ayuda más en el día a día».

Habla de la ciudad, de lo que ve, de lo que le gusta que sea un sitio seguro. «Los senegaleses somos una comunidad que ha venido para trabajar, a buscarse la vida. No queremos problemas nunca y creo, sinceramente, que no los hemos dado», reflexiona Abdul. «Puede haber gente mala en todos los sitios, pero pondría la mano en el fuego por el 95 % de nuestra gente. No quiero exagerar, pero si todos los inmigrantes que llegan a Pontevedra fueran senegaleses, seguro que la policía no tendría trabajo», ríe.

Mientras su cara luce joven, sus manos se ven más deterioradas. Quizás sean la verdadera vara de medir el tiempo, y las de Abdul ya han palpado una vida.

Una comunidad africana que siempre ha estado integrada en la ciudad del Lérez

Según el Instituto Nacional de Estadística, la provincia de Pontevedra cuenta con 878 senegaleses viviendo actualmente en ella. En la capital, residen unos 150. No es de los más numerosos, ni mucho menos, pero también es cierto que han sido un colectivo que ha remado, desde hace años, en favor de la integración y la organización.

En la ciudad, desde finales de los noventa fueron apareciendo asociaciones y agrupaciones que lucharon para mostrar la posición y el respeto que demandaban sus integrantes. Ejemplo de ello fue la asociación por la promoción de la cultura africana, nacida cuando residían alrededor de setenta senegaleses, que querían enseñar a Pontevedra su estilo de vida y su amor por la ciudad, llegando a organizar fiestas y bailes en el casco histórico. En su día, también promovieron los intercambios de pontevedreses con senegaleses.

En el 2007 vería la luz la asociación Dioco con cerca de cien miembros entre sus filas. En aquel momento, en la provincia había la mitad de senegaleses que ahora, unos 400, un 50 % del total de los que tenían su residencia fijada en Galicia. La asociación nacía con el reto de defender los intereses de sus miembros, pero también con el objetivo de dar a conocer su cultura entre los vecinos de la capital provincial. En este sentido, la palabra integración tomaba una importancia vital. A su frente, Bilal Traoré trabajó durante años, en conjunto con otras asociaciones locales, en la promoción de eventos como exposiciones, conferencia y charlas por los centros educativos.

En su mayoría, el colectivo senegalés trabaja en la venta ambulante de ferias y mercadillos, recorriendo Galicia según se sucedan los eventos. Algunos también emprendieron sus propios negocios como locutorios de telefonía y pequeños establecimientos.

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